La iniciativa, promovida por la Asociación Red de Reservas Naturales de la Sociedad Civil y la Reserva Natural Miralejos y respaldada por las alcaldías municipales y amplios sectores, representa una oportunidad para que esta corporación se sintonice con las aspiraciones de la sociedad, en un territorio que está lejos de alcanzar estándares mínimos de conservación. La figura de parque permitiría la conservación de un patrimonio natural regional con riqueza en fauna y flora, algunas especies con riesgo de extinción, numerosos nacederos de aguas y suelos frágiles.
En el corto plazo se busca que el extraordinario paisaje de afilados acantilados, quebradas profundas y bosques de montaña sea sustraído definitivamente de la minería, irresponsablemente promovida en forma de títulos a lo largo y ancho del territorio, como si entre nosotros no existiera valoración social de la naturaleza. He aquí un maravilloso ejemplo de ello.
En un plazo mayor representa una oportunidad difícilmente repetible en el territorio para dotar a la capital con un espléndido parque natural regional, que debería extenderse desde el Salto del Tequendama —otro valor ambiental a ser recuperado— hasta la cuchilla El Tablazo y el páramo de Guerrero.
Está demostrado que la restauración de estos ecosistemas es posible gracias a otra iniciativa civil, la reserva natural de Chicaque. El conjunto proveería un espacio de primera clase para la recreación en la naturaleza, un activo cercano para el despegue ecoturístico y la salud ambiental de los capitalinos. Porque Bogotá tiene un enorme déficit de áreas verdes por habitante, que es mayor si se considera como áreas naturales protegidas, en especial en el escenario tendencial de conformación de una gran región urbana.
He ahí pues una oportunidad, que también es para el Ministerio del Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, y que cuenta con el respaldo científico al haber sido identificada para este fin por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt.
Menos suerte contaría si la iniciativa muriera en manos de funcionarios que sólo ven los obstáculos para consolidarla en este carácter de área protegida especial, o quisieran salir del paso manteniendo el menos brillante statu quo de Distrito de Manejo Integrado. Porque un Parque Natural Regional requiere administración en el sitio y programas de manejo y restauración de sus valores naturales con mayor alcance. ¿Dificultad u oportunidad? ¿Qué tal si además esta autoridad ambiental respondiera con un esquema de administración participativo, en el cual se comparten responsabilidades y se materializan los derechos? Como aquel constitucional que tenemos a un ambiente sano, que en este caso podría ser además el derecho que tiene la sociedad civil de constituirse en actor en las políticas nacionales de conservación. El proyecto podría seguir los pasos de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), líder nacional en la creación y administración de los sistemas regionales de áreas naturales protegidas. Bienvenida la innovación para la conservación de la naturaleza.