Se besaron de una forma corriente. Eso inmediatamente encendió las alarmas “morales” de un guardia de seguridad, quien salió con la más reciente frase con la que se materializa la homofobia. Una fórmula manida que, esta vez, fue dicha así: “yo respeto su forma de pensar, pero ustedes tienen que comportarse o si no tienen que retirarse del centro comercial, porque aquí hay familias y niños”.
Lo que implica, claro, que el respeto es sólo de palabra, porque en la realidad no existe. Si le molesta tanto que una pareja de homosexuales se bese, pero al mismo tiempo una pareja heterosexual no le causa ningún resquemor, hay, claro, un trato diferente. Una forma de irrespeto. Es muy común en Colombia oír a las personas diciendo “los respeto, pero que no lo hagan enfrente mío”. Como si se tratara de bichos raros.
Esto no sólo es una actitud abiertamente discriminatoria, sino que es hipócrita, porque se esconde debajo de un manto irreal de inclusión. A medida que a nivel jurídico se hacen avances para generar una sociedad más incluyente, las barreras de la discriminación se transforman, como un virus, haciéndola en algunas ocasiones imperceptible y en otras muy difícil de probar. El hecho de que una persona no soporte ver a dos homosexuales besándose en público (pero a dos heterosexuales sí) es una clara muestra de que la sociedad aún no es incluyente. En esas frases hay subyacente un argumento: “no son normales”.
No es sino trasladar estos debates a unos más gruesos como el matrimonio o la adopción de menores, para que los argumentos en contra empiecen a ser más y más irracionales (y homofóbicos): que lo que es natural y lo que no, que la salud mental del menor, que la sociedad y sus valores, que las costumbres, en fin, cualquier cosa sirve. Este pequeño acto demuestra cuán atrasados estamos.
Pero la que más demuestra esto es la Corte Constitucional misma. Finalmente, después de que dos juzgados rechazaron la tutela, la sentencia de la Corte resolvió la situación jurídica a favor de la pareja diciendo, ni más ni menos, que los homosexuales sí pueden besarse en público. Es lógico que apoyamos la decisión, pero al mismo tiempo nos parece un indicativo muy negativo: el más alto tribunal de la jurisdicción constitucional (y no un juez cualquiera) tiene que salir a decir esta obviedad para que la sociedad entienda un poco qué es la igualdad. Es un medidor muy preciso de en qué tipo de país estamos. Es una balanza que muestra cuán incluyente es la sociedad con formas de vida que son igualmente válidas.
La Corte manifestó que este tema debe ser visible y que hay que entender que las personas homosexuales no tienen por qué ocultar sus manifestaciones de afecto. Los heterosexuales no lo hacen y no son molestados por ello.
Entendemos que una sociedad como la nuestra tiende a ver esto como algo muy “duro” de asimilar. Sin embargo, entre más decisiones que en este sentido haya, la actitud será por fin distinta. Mientras las cosas se mantengan iguales por el miedo a que las personas no estén preparadas para, por ejemplo, ver a dos homosexuales besándose en público o casándose o adoptando a un menor, la discriminación no acabará nunca. Es hora, pues, de que las instituciones públicas den apuestas más arriesgadas.