Mientras los cerros de Bogotá estaban incendiándose, una pregunta se extendió entre la ciudadanía en redes sociales: ¿qué podemos hacer? Surgieron entonces las promesas de armar equipos de voluntarios para ir a sembrar árboles y empezar la recuperación. Sin embargo, las autoridades respondieron con un mensaje claro que, además, debe servir como lección a medida que nos adentramos en la época de ebullición global. Alfred Ballesteros, director de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, dijo que tardaremos por lo menos un siglo en recuperar los daños causados por el fuego. Puede incluso ser más tiempo. Lo que se consume en una semana tarda una generación entera en volver a surgir.
Esa es la contradicción esencial que ha enrarecido cualquier esfuerzo de lucha contra la emergencia climática. Los tiempos de la naturaleza y sus ecosistemas no son los de la sociedad moderna, construida sobre la inmediatez. A pesar de que llevamos décadas con alerta tras alerta por parte de la comunidad científica sobre cómo estamos en riesgo de volver invivible la Tierra, el riesgo se siente abstracto, lejano. Eso ha llevado a que las personas, en su día a día, lo olviden o lo ubiquen en el inconsciente, mientras los tomadores de decisiones aplazan las medidas urgentes que necesitamos. No es casualidad que las generaciones más jóvenes en la actualidad tengan tasas más altas de ansiedad sobre el futuro del planeta: son ellas las que están creciendo viendo las consecuencias de la inacción.
Los incendios en Bogotá y en el resto del país, en ese marco, sirvieron para revivir la frustración y la impotencia. A pesar de todas las capacidades estatales, durante días vimos helicópteros intentar controlar las llamas. Nos sentimos superados porque la magnitud del reto se torna inconmensurable. La desazón era por el desastre coyuntural, sí, pero también por la amenaza de lo que vendrá. Si solo va a empeorar, ¿estaremos listos para las llamas del futuro próximo?
Lo que nos aterriza, de nuevo, en la pregunta: ¿qué podemos hacer? Para empezar, es necesario que se conozca que tardaremos un siglo en recuperar los cerros de Bogotá. Dimensionar el daño debe indignarnos y llevarnos a la acción, a la corrección de nuestras actitudes y comportamientos en el ámbito individual, claro, pero también colectivo. Las políticas públicas de reforestación deben, por ejemplo, comprender que no se pueden hacer contratos con plazos cortos, que los cambios de gobierno no pueden traer consigo ausencia de voluntad ambiental. La sostenibilidad, que es urgencia nacional, requiere unión, consenso y trabajo disciplinado.
Es clave dejarse orientar por los expertos. Por ejemplo, nos dicen que hasta después de marzo no se puede empezar ningún proceso de recuperación, que es momento de sacar las especies invasoras que se sembraron de manera equivocada en los cerros, que el proceso de cultivo debe estar precedido por un diagnóstico cuidadoso de los suelos. Es mucho trabajo y requiere enorme atención. Pero no podemos dejar de mirar el problema de manera integral. ¿Cómo será la Colombia en un siglo? Lo empezamos a responder hoy.
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