Pero, más allá de eso (en términos tangibles, nos referimos), poco. Si bien la de las Américas, en Cartagena, fue positiva al nivel diplomático y empresarial, en ella apenas se concretó (y más por un asunto simbólico) el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y se convocó al estudio de las drogas entregado esta semana. Pero mucho más atractivo resultó el escándalo de prostitución y falta de pago, que lo que allí se discutió.
De ahí el hastío con las cumbres, que ya los ciudadanos ni saben de qué tratan ni para qué sirven. Se han venido convirtiendo de parte del paisaje. Hoy, sin embargo, se reunen los presidentes de Chile, Colombia, México y Perú, a más de una numerosa presencia de observadores, en una cumbre diferente, que sí puede rendir provechosos resultados en cuanto a la economía y las relaciones exteriores. La Alianza del Pacífico latinoamericano que hoy cobra vida no solamente es un impulso a cada una de estas economías sino que, unidas, las convierte, como se anuncia, en la octava economía a nivel mundial. En lo regional, además, representa el surgimiento de un bloque económico equivalente a Brasil, el gigante dominante.
Cali, una ciudad ahora revitalizada, es el escenario natural como polo de desarrollo a un paso del Pacífico. Esto es importante, pensando en la posible imagen que Colombia quiere proyectar al exterior como un país líder de la región, una de las obsesiones del presidente Santos. Bueno, en este caso específico, sí que puede vislumbrarse algo de ese ansiado liderazgo.
Pero vamos a los hechos: se trata de cuatro países con economías crecientes, todas de acuerdo con la globalización y el libre mercado, que quieren expandirse y fortalecerse. Y eso está más que bien. Entre otras cosas, como contrapeso a los bloques comerciales y políticos que desde otra óptica han venido surgiendo en la región en los últimos años.
De esta forma, y una vez entrado en vigencia el tratado, eliminarán en un 90% el arancel por el comercio entre ellos. Dejando ese 10% restante para ser eliminado en el lapso de siete años. De esta forma, unidos, quieren acercarse a otros mercados, como el asiático, para que la economía de libre mercado, y los lazos entre los países, puedan fortalecerse y generar mucho más crecimiento.
La idea suena. No solamente para sus miembros, sino para algunos de esos observadores internacionales que han llegado a Colombia con la mirada puesta en esta nueva oportunidad: Costa Rica y Guatemala se quieren unir. Asimismo, el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, y el de España, Mariano Rajoy, vinieron como observadores.
Lo ideal sería cambiar la idea dominante de intercambio comercial que se experimenta en Latinoamérica. Si bien los presidentes de varios países de este lado del mundo han construido una relación política bastante fuerte (Venezuela, Brasil, Argentina, entre otros), la economía no fluye tanto como se pregona: de acuerdo con la revista The Economist, el comercio interno llega al 27% del total, mientras en regiones como Europa (63%) o Asia (52%) la cosa es bien distinta.
Esto es una oportunidad. No debemos ser excesivamente entusiastas tampoco: si de algo sirven estos tratados es para hacer mover la economía. Bien valdría la pena que el Gobierno y el Congreso sacaran pronto un estatuto aduanero (en deuda desde hace un año) para eliminar trabas inconvenientes en una economía de mercado y que, también, se dedicaran a prepararar (como miles de veces lo hemos dicho en este espacio) a la industria nacional para los nuevos retos.
Que se firme, pues, el tratado, y que se muevan los engranajes que se han de mover. Enhorabuena.