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Una estocada a la fiesta brava

Nuevamente las declaraciones que el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, viene haciendo desde su administración distrital han hecho eco en varios rincones del país.

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Ha sucedido con el debate del porte de armas o la inclusión del grado 12 en los colegios. A ambos temas hemos dedicado este espacio. Hacía falta, claro, el más polémico de todos: las corridas de toros y su promoción.

El alcalde fue muy fuerte en esta materia. No sólo manifestó su descontento hacia el espectáculo —que los taurófilos consideran como un arte—, negándose a ocupar el palco que como primer mandatario le corresponde en la temporada taurina, sino que fue más allá. Con la elocuencia que lo caracteriza afirmó: “queremos iniciar una negociación con la Corporación Taurina de Bogotá con el fin de modificar las circunstancias que hacen de las corridas de toros un espectáculo alrededor de la muerte”. Con él están otros mandatarios. Por ejemplo el gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, quien también entró pisando duro: dice que mientras ocupe ese cargo, la Fábrica de Licores de Antioquia no patrocinará la fiesta brava.

El debate acerca de las corridas de toros es demasiado amplio y difícil. Los argumentos a favor o en contra de su promoción son vastos y datan de mucho tiempo atrás. Y, desde cada perspectiva, a nuestro juicio suenan válidos. Así como los taurófilos afirman que la fiesta permite la crianza y existencia del toro bravo (animales consentidos toda la vida para ese momento cumbre, que es la corrida en sí misma), los antitaurinos salen al paso diciendo que la tortura de un animal como espectáculo no justifica en ninguna medida su crianza.

Y podríamos llenar páginas enteras de este diario dedicando un espacio al contraste de los argumentos de cada parte. Es un debate, por decirlo de alguna manera, infinito, y en el que las partes no tienden a ceder nunca. Un debate de radicales. Si bien algunos apoyan el espectáculo sin la muerte, para otros ésta es un elemento esencial, ya que consideran que el toreo es eso mismo: una metáfora sobre la vida y la muerte. Un espacio de tiempo muy corto en el que se define todo.

Al margen de esto, quisiéramos concentrarnos en un elemento que a nuestro juicio es antipático: la prohibición. Esa costumbre que, también, heredamos de los españoles. En muchísimos temas hemos manifestado, con mucha vehemencia, que la solución a los problemas (si concebimos las corridas de toros como uno) no es la prohibición. Eso, a la larga, genera conductas mucho peores, al margen de la ley, que se explican por la fuerza de la costumbre de algunos actos humanos demasiado arraigados.

Sobre todo en un país en el que su máximo tribunal de la jurisdicción constitucional resolvió en 2010 favorecer la tradición cultural que encarna la fiesta brava. Esa ‘opción cultural’ que los aficionados ponen por delante de cualquier otro argumento. Ese derecho de algunas minorías que encuentran en el juego, las estocadas al animal y, finalmente, su muerte, un arte en todo el sentido de la palabra.

Sin embargo, apoyamos asimismo a la Corte Constitucional en esa parte de la sentencia en la que se afirma que las corridas, igual, son un acto de crueldad contra un animal y que deberán ir desapareciendo con el tiempo. No tanto a fuerza de prohibiciones radicales que corten de tajo la libertad de los aficionados, pero sí —¿y por qué no?— debatiendo sobre, como dice Petro, sus características. Ya en algunos países se han eliminado de las corridas los elementos que los antitaurinos denominan como de tortura. ¿Vamos hacia una evolución de la fiesta brava? Sería posible, sí, afinando lentamente unos mecanismos que no causen un trauma demasiado grande en aquellas minorías que la defienden.

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