Lo dice con conocimiento de causa, no sólo por haber trabajado en la reconciliación en Angola o por el Premio Nobel de Paz de la UE en el 2012, sino por sus raíces europeas, el pasado de un continente que vivió dos guerras en el Siglo XX y hoy, a pesar de la crisis económica, cosecha los frutos de la paz para invertir más en educación, en instituciones estables y en infraestructura.
“La experiencia de Europa demuestra que la paz vale la pena, y que valen la pena las concesiones, aunque sean costosas, para llegar a la paz”, dijo. La frase no es vana; es una invitación a pensar en lo que estamos dispuestos los colombianos a ceder para llegar al final del difícil camino de la reconciliación y la sostenibilidad de la paz. Entre las concesiones está el pluralismo político y la inclusión política.
Más allá de la polarización que el escenario Petro-Ordóñez ha puesto de presente y reavivado, la señal política que estamos dando a la Comunidad Internacional y a las negociaciones de La Habana es contraria a esa necesidad de ceder. ¿Con qué cara podemos ofrecer concesiones políticas cuando pasamos por el exterminio físico de los militantes de la UP en los años 80 y ahora acudimos a la muerte política de exguerrilleros porque a unos no les gusta su manera de pensar? ¿Cuánto estamos dispuestos a conceder a quienes piensan diferente? ¿Y la tolerancia en dónde la dejamos?
El presidente Barroso vino al país también con el trasfondo de la muerte de Mandela y transmitió no solamente su emoción de haber asistido a la ceremonia de “Madiba”, sino en especial la vigencia del legado de paz, de verdad, perdón y reconciliación del líder sudafricano. Recordó la lucha de Mandela por entender al discriminador y buscar el camino de las concesiones y perdón sin olvido. Así también, en Colombia, las Farc tienen que mostrar que quieren la paz, asumir su responsabilidad y entender el clamor de un pueblo “para estar a la altura del momento histórico en el que se encuentra ahora Colombia”. Al final son dos partes que desean un mejor escenario para todos.
Esta apuesta la hicieron Alemania y Francia después de la segunda guerra mundial. Como lo recordó el presidente Barroso, de enemigos y muertos de lado y lado, de familiares con heridas profundas y un pasado con un peso doloroso en la memoria, hoy Francia y Alemania son amigos, trabajan juntos y dieron vida, gracias a las concesiones, a una Unión Europea que hoy tiene 28 países con culturas y mentalidades diferentes, pero unidos por objetivos comunes y por el bienestar del otro. Seres humanos que ni siquiera hablan una misma lengua, pero que se entienden y respetan las diferencias del otro. Un gran mensaje para quienes aquí se empeñan en aferrarse a los odios que impiden la acción edificante.
No en vano el Comité del Premio Nobel reconoció que la UE y sus precursores han contribuido a la promoción de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa por más de 60 años; una responsabilidad que ahora amplía a Colombia, al ofrecer su apoyo incondicional y con recursos cuando se den los acuerdos. La paz tiene que conseguirse; el mundo también está pendiente de que seamos capaces.