El más significativo ha sido la secuela del frustrado atentado contra un avión que se dirigía a Detroit, prendiendo las alarmas frente a nuevas modalidades para burlar las medidas de seguridad en los aeropuertos y poniendo en evidencia inexcusables fallas en los servicios de seguridad de EE.UU., tal y como lo señalamos en nuestro editorial de la semana pasada.
El tema de la inseguridad no es nuevo y menos aún las graves repercusiones de este rebrote del terrorismo. Lo que le da mayor trascendencia a la actual situación es que luego de las extremas medidas de seguridad adoptadas tras los hechos de septiembre de 2001, se haya presentado un error tan protuberante que deja muy mal parados a los responsables de prevenir este tipo ataques.
Debido a lo anterior Barack Obama decidió agarrar el toro por los cuernos. “Como presidente tengo la responsabilidad de defender a esta sociedad y cuando el sistema falla es mi responsabilidad”, sostuvo. Loable actitud que lo enaltece, y que sería un buen ejemplo a seguir por los funcionarios públicos en otras latitudes. Sin embargo, quedó en evidencia que mientras la recolección de información funcionó bien, su evaluación fue un fracaso. Ahora, es de resaltar la diferencia entre el manejo dado por la Casa Blanca a este tema y lo que se hizo en la época de George Bush, en esta ocasión se percibe un manejo transparente que privilegia las medidas dirigidas a prevenir nuevas situaciones como la actual, sobre la base de la cooperación y no de la imposición unilateral.
Sin embargo, cabe mencionar que ante un acontecimiento que hubiera tenido consecuencias más que lamentables, el mundo parece actuar de nuevo de manera reactiva como si el terrorismo fuera la única prioridad existente. Y es en el campo de las prioridades donde hay una óptica divergente entre la mayoría de los países desarrollados y el llamado tercer mundo, al enfrentar de nuevo la disyuntiva entre lo urgente y lo importante.
Nadie duda de que el terrorismo sea lo uno y lo otro. Sin embargo, si el mismo empeño que se tiene para afrontar estos rebrotes de violencia se hubiera puesto en obtener los resultados esperados en la pasada Cumbre Climática de Copenhague, o se hubiera utilizado en la obtención de mayores recursos de cooperación técnica para ayudar a los países del tercer mundo a paliar los efectos de la grave crisis económica, otro gallo cantaría.
Sea cual sea la prioridad que se le confiera a cada uno de estos temas, hay un mínimo común denominador: la cooperación. No es un secreto que en un mundo cada vez más interdependiente, donde los problemas internos de un país están estrechamente vinculados con los acontecimientos mundiales, de una u otra forma los Estados dependen entre sí para enfrentar las amenazas globales. En este orden de ideas, los esquemas de cooperación son la respuesta valida y efectiva para actuar conjuntamente. Ese es el reto, y si la administración Obama termina fortaleciendo dichos mecanismos de acción coordinada, se habrá dado un paso gigantesco en el sentido correcto.
Para algunos, esto no será nada distinto a pensar con el deseo. Sin embargo, no está de más esperar, en este comienzo de año, que los buenos propósitos no terminen por convertirse en malogradas buenas intenciones. Quedan doce meses hacia delante para comprobarlo.