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Vladimir Putin quiere mandar para siempre

20 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.
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El presidente ruso Vladimir Putin, quien ha dominado la política de su país durante dos décadas, parece no estar listo para dejar el poder todavía. Su última maniobra prevé cambiar la Constitución para permitirle perpetuarse en el cargo, una movida que lleva al país por una senda cada vez más alejada de la democracia.

Ante los rumores y conjeturas sobre su futuro político una vez dejara el poder, el pasado 10 de marzo Putin finalmente destapó su cartas. Optó por respaldar una reforma constitucional presentada por el partido oficialista Rusia Unida que le permite postularse por tercera vez consecutiva a la Presidencia en 2024. Con la ley actual, un presidente no puede permanecer en el cargo más de dos mandatos seguidos (cada uno de seis años).

La reforma, entonces, propone mantener el límite de dos periodos consecutivos para futuros presidentes, pero esos términos comenzarían a regir a partir de su ratificación. Eso quiere decir que Putin se vería beneficiado, por cuenta de esta maroma legal, con una especie de borrón y cuenta nueva para volver a presentarse a elecciones en 2024. De ser reelegido, podría anclarse al poder hasta 2036, y para entonces ya habría cumplido 83 años, 36 de ellos manejando los destinos del país, más tiempo que Joseph Stalin.

Pero eso no es todo. Para que los ciudadanos voten la reforma, se convocó una consulta popular el próximo 22 de abril que les planteará una única pregunta: “¿Aprueba usted los cambios a la Constitución de la Federación Rusa?”. Ese interrogante aparentemente sencillo encierra más de 200 enmiendas que se votarán en bloque -todo o nada- y apuntan a una carta política más conservadora y nacionalista que proclama la defensa de la familia tradicional y la fe en Dios, a tono con la visión de Putin para Rusia, y con nuevos poderes para el presidente.

Entre las enmiendas no han faltado tampoco medidas sociales para seducir a los votantes, como que las pensiones aumenten conforme a la inflación y que el salario mínimo se establezca por encima de la línea de pobreza. Ambas podrían ser muy persuasivas en medio de una coyuntura compleja, con la población empobrecida y una economía en crisis por la guerra de precios del petróleo, la pandemia del coronavirus y las sanciones que Occidente impuso a Rusia tras anexionar la península ucraniana de Crimea.

Todo parece indicar que aprobar la reforma no será difícil. Entonces, Putin estará más cerca de perpetuarse en el poder y afianzar un mandato cada vez menos democrático que se ha caracterizado, entre otras cosas, por el culto a su personalidad y un creciente autoritarismo que reprime protestas, obstaculiza la representación política, censura internet y persigue ferozmente a opositores y voces críticas del Gobierno.

Al mejor estilo de los líderes mesiánicos y populistas que proliferan en todo el mundo, Putin se presenta a sí mismo como un factor de estabilidad vital para la supervivencia de Rusia, un salvavidas que mantendrá al país a flote en medio de la incertidumbre. Así lo ha reafirmado Viacheslav Volodin, presidente de la Cámara Baja del parlamento: “Con los desafíos y amenazas que existen hoy en el mundo, nuestras ventajas no son el petróleo y el gas que, como se puede ver, pueden bajar de precio. Nuestra ventaja es Putin. Y debemos defenderlo”. El mensaje para los ciudadanos es claro: Rusia necesita de Putin más que nunca, ¿pero a cambio de qué?

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