Iba a ser una fiesta. Después de año y medio de pandemia, de cancelaciones, de crisis económica y de partidos en el silencio de estadios vacíos, El Campín volvía a abrir sus puertas. Se invitó a las hinchadas de Nacional y de Santa Fe, se fomentó que las personas llevaran a sus familias, incluidos niños y niñas. La idea era celebrar en paz, volver a vernos, tener un atisbo de cómo la nueva normalidad puede también ser un espacio de reencontrarnos con lo que disfrutábamos antes del COVID-19. Todo estaba sobre la mesa para que fuese una gran noche. Sin embargo, también nos esperaba el lado más horrible, frustrante y trágico del fútbol: la violencia de la barra brava, los crímenes disfrazados de pasión por el deporte. No hubo fiesta, la cambiaron por el terror y el dolor.
En el medio tiempo del clásico entre Nacional y Santa Fe empezó el caos. Las imágenes muestran a personas invadiendo el campo, saltando de una tribuna a la otra. Vimos cómo a Édison Romario, hincha de Santa Fe, lo pateaban varios hinchas de Nacional en la cabeza. Por fortuna está fuera de peligro, pero quedó con trauma craneoencefálico. También hay fotografías de padres y madres protegiendo a sus hijos de la violencia. Para completar la imagen, que sería surreal si no se tratase del eco de una situación normalizada en Colombia, a los pocos minutos el partido siguió su curso, como si nada hubiese pasado.
La violencia engendra más violencia. Durante la tarde de ayer se reportó que hinchas de Santa Fe robaron y atacaron a la delegación juvenil de boxeo de Risaralda, solo porque tenían uniformes verdes y pensaron que se trataba de hinchas de Nacional. En Blu Radio, Cristian Henao, presidente de la liga deportiva, contó que “un grupo de 25 personas se dieron cuenta de que nos bajamos del taxi para entrar en el hotel y nos asaltaron: maletas, guantes, ropa de presentación. La camisa del departamento es verde con blanco y por eso se confundieron y pensaron que éramos hinchas de Nacional”. No le encontramos sentido a tanta irracionalidad.
Se anunciaron medidas y rechazo. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López, dijo que “es inaceptable que en cualquier actividad haya violencia y vamos a volver de este trago amargo una oportunidad de mejora. No vamos a permitir que unos pocos violentos nos amarguen sistemáticamente la vida y las cosas que nos convocan, como el deporte”. Fernando Jaramillo, presidente de la Dimayor, comentó que “vamos a mejorar los protocolos de distanciamiento, no solo por bioseguridad, sino por seguridad. Que los niños y las familias se sientan seguros de volver al estadio. Vamos a invertir en trabajos con las barras para que ese comportamiento refleje lo que es el fútbol”. En la capital quedó prohibida la entrada de equipos visitantes en lo que resta del año.
Dentro de las soluciones está un mejor registro y venta de boletas, equipos de logística y convivencia para resolución de conflictos, así como más responsabilidad de los equipos. Son fórmulas que suelen darse cuando pasan estos hechos, pero la violencia no deja de aparecer. Y la pregunta queda abierta: ¿cómo logramos que esto no siga ocurriendo? ¿Cómo garantizamos que el fútbol sea un espacio de paz? ¿Qué incentivos se pueden crear? La indignación tiene que dejar de ser cíclica. Nos dijeron que el regreso al estadio iba a ser una fiesta y no lo pudieron cumplir.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com.
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para segir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.