Ahora es fácil olvidar que antes de su gobierno, el debate consistía en preguntarse de qué magnitud deberían ser las concesiones necesarias para que las Farc abandonaran la guerrilla. Y no pocas personas pensaban que quizás habría que hacer concesiones definitivas sobre el territorio colombiano, dejando que de facto gobernaran el sur de Colombia. Aun los menos pesimistas pensaban que el Gobierno tendría que hacer concesiones de fondo en materia económica y política.
En el lenguaje de otras épocas, Colombia no era un país viable. En cambio, Uribe subió al poder con la obsesión de derrotar a las Farc por la vía militar y ahora, a dos años del fin de su gobierno, la mayor parte de los colombianos está de acuerdo con él: las Farc deben ser vencidas militarmente y el proceso de negociación posterior se debe limitar a facilitar su regreso a la sociedad en las condiciones menos traumáticas posibles. Ese es el primer legado de Uribe.
El presidente Uribe también será recordado por su renuencia a desprenderse del poder. Se empeñó en promover una reforma constitucional para poder gobernar dos períodos consecutivos. Es la primera vez desde hace más de un siglo que en Colombia un Presidente ha gobernado por dos períodos seguidos. Como los colombianos estaban empezando a ver los resultados de la política de seguridad, aceptaron su empeño por continuar gobernando. Y, de hecho, en el segundo período comenzó a cosechar lo que había sembrado en el primero, con grandes triunfos sobre las Farc.
Sin embargo, quedó al descubierto que en el segundo período, el Gobierno no tenía ninguna otra idea importante para promover. En los demás temas, el Gobierno poco a poco se estancó. Se dejaron de hacer las reformas y las obras que, en un gobierno menos absorto por su propia suerte, se hubieran podido realizar en una época de bonanza sin precedentes.
Luego, el Gobierno se empeñó en cambiar de nuevo la Constitución para gobernar un tercer período. Cómo tomo vuelo esta idea tan absurda, cómo pasó de ser una fantasía, a una tentación pasajera, a una verdadera obsesión, no se sabe. Pero así ocurrió.
Para lograrlo, el Gobierno ha aceptado que sus patrocinadores violen las normas de financiación electoral. Ha promovido un espectáculo deplorable en el Congreso, que todavía no termina. Y va a ejercer presión inaudita sobre otras instituciones. Con excepción de la política de seguridad, el segundo período se ha desperdiciado, en un esfuerzo por asegurar un tercer mandato.
A pesar de los enormes recursos que el Gobierno tiene a su alcance para lograr sus propósitos cuando realmente se empeña en algo y pierde la vergüenza, a estas alturas parece improbable que logre mantener al presidente Uribe en el poder otros cuatro años. Pero no hay duda de que el intento por hacerlo y la manera como se está haciendo causan un daño terrible. Ese es su segundo legado. Uno que hubiera sido del todo evitable, en beneficio de todos.