El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El último berlinés

EN EL VERANO DE 1963, JOHN F. KENnedy pronunció un discurso histórico delante de la antigua alcaldía de Berlín del Oeste.

17 de diciembre de 2010 - 04:55 p. m.
PUBLICIDAD

La República Democrática Alemana había construido el año anterior el Muro de Berlín y el sector occidental de la ciudad era una isla rodeada de garitas tras la Cortina de Hierro. Con su visita, Kennedy dejó claro que no pensaba abandonar a sus habitantes a su suerte: Berlín era el símbolo de la victoria sobre el totalitarismo nazi, y la primera trinchera contra el totalitarismo soviético. Ich bin ein Berliner, dijo en alemán. Todos los hombres libres, vivan donde vivan, son ciudadanos de Berlín y por eso me enorgullece decir: soy un berlinés. Cuando el régimen comunista cayó en 1989 y los berlineses de un lado y otro se lanzaron a cruzar el Muro, la declaración parecía una profecía hecha realidad. Al cabo de cuatro décadas de ajedrez nuclear, éramos todos berlineses.

Para los lectores de menos de treinta años estos hechos son casi antigüedades. El mundo dividido de la Guerra Fría y el intermedio de incierta libertad tras la caída del Muro fueron sepultados el 11 septiembre de 2001 por el ataque a las Torres Gemelas. George W. Bush señaló entonces al “fundamentalismo islámico” como el nuevo enemigo global, y encontró una nueva razón de Estado para velar por los intereses de EE.UU. sin detenerse ante derechos fundamentales, tratados internacionales, sobornos o chantajes. La colosal filtración de documentos del Departamento de Estado por parte de Wikileaks sólo ha expuesto la crudeza de este modus operandi, en el que no existen “amigos y aliados” sólo vasallos que se acomiden por las buenas o las menos buenas.

En Washington se demoraron 48 horas en acusar de terrorista internacional a Julian Assange, el fundador de Wikileaks. La ex candidata Sara Palin lo tildó de “traidor” aunque es australiano, y el senador demócrata Joe Lieberman intimidó a Amazon para que desterrara de sus servidores la página web. Desde entonces, el Departamento de Estado ha removido cielo y tierra para que este destierro se vuelva planetario. Lo singular es que, por más que su retuerzan los argumentos, Assange y su organización no han hecho más que poner el alcance arrollador de Internet al servicio de la libertad de expresión: es misma libertad que proclamaba Kennedy hace medio siglo. No representan una amenaza ni remotamente comparable al yihadismo (y no digamos al estalinismo o al nazismo) salvo para los egos heridos del Departamento de Estado, cuyos sistemas de seguridad han quedado en ridículo.

El Cablegate puede dar un impulso decisivo a quienes vienen abogando en todas partes por un mayor control de Internet. Puede convertirse en la piedra angular de un nuevo Muro de Berlín infranqueable e intangible, que suprima de la red toda información inconveniente. El proyecto figura en más de una agenda y amenaza con traspapelar todo lo que el mundo ha ganado en libertad de expresión en las últimas décadas. Salvo con el respaldo de quienes aún creen en el derecho de todo ciudadano a conocer y cuestionar qué hace en su nombre el poder, Julian Assange podría pasar al olvido como el último berlinés de nuestro tiempo.

PD. Quienes deseen conocer la trayectoria de Wikileaks y apoyar su supervivencia pueden hacerlo a través de http://213.251.145.96/about.html.

 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias