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Esteroides, política y dinero

12 de agosto de 2008 - 08:56 p. m.

AUNQUE SOY LEGALIZADOR A ULtranza de las drogas recreativas, debo decir que la mezcla del dopaje, la política y el dinero trae moribundo a mi viejo entusiasmo por los deportes.

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Éstos fueron uno de los grandes inventos que desarrolló el siglo XX, al igual que el cine, la radio, la música popular, la televisión y el internet. Me dirán los puristas que ya los griegos hacían sus juegos olímpicos, a lo que contestaría que esa antiquísima golondrina no fue preludio de ningún verano. Más tarde los romanos consideraban divertido —la palabra “deporte” es posterior y viene del francés desporter, ‘divertirse’— el combate a muerte de entre dos gladiadores para complacer al césar o la alimentación en público de unos leones hambrientos a punta de cristianos.

En su época gloriosa del siglo XX el deporte era otra cosa: una adaptación ritualizada de la guerra, con reglas estrictas, exigencias éticas y sin muertos. El instinto agresivo de la especie, atemperado por una dosis de ingenuidad caballeresca, dio así lugar a unas actividades que se tornaron irresistibles para los portadores de la testosterona en nuestra especie. Las mujeres, por su parte, a veces se casaban con los héroes.

Me dirán que un recto de derecha de Joe Louis no tiene nada de divertido y, pese a ser un viejo fan del boxeo, concuerdo en que éste hace parte de la pequeña subespecie de los deportes que ponen en riesgo la vida. De hecho, en una conversación entre Maradona y Mano de Piedra Durán, éste último desechó la comparación de gestas que proponía el futbolista con un argumento contundente: “No son lo mismo, lo de ustedes es un juego”. Pues, a riesgo de incurrir en la ira panameña, yo diría que es mejor que sea un juego.

El primer asedio grave a la ingenuidad de los deportes se dio en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Hitler y el Tercer Reich querían agregar a la cocción una dupla venenosa, la pureza racial y la supuesta superioridad germánica. Sin embargo, los paró en seco un héroe de estirpe homérica, Jesse Owens, el pionero de los grandes velocistas negros que desde entonces dominan los 100 metros planos, la más explosiva de las carreras de a pie. En adelante, la política siguió intentando envenenar al frágil organismo del deporte, y hay quien compare los juegos actuales en China con los del 36. No dudo que los jerarcas chinos estén jugando a la política con cartas marcadas, si bien la comparación me parece exagerada.

Últimamente el dinero viene logrando lo que Hitler no pudo. Sucede que a los deportistas, muchos de ellos nacidos en la pobreza, los apabullan con cantidades cada vez más exorbitantes de dinero. Y —la distinción es clave— no les pagan por participar o por competir, les pagan por ganar, por batir récords. Dados esos elementos, no se necesita ser un científico nuclear para entender por qué, presionados hasta el delirio para mejorar su rendimiento, estos deportistas se toman todo lo que les prescribe un tegua conversador. La lista es extensa: McGwire y Bonds en el béisbol, Ben Johnson y Marion Jones entre los velocistas, así como una interminable lista de ciclistas. Todos ellos, y muchos otros más, han pasado por los bancos de prueba de médicos inescrupulosos. No quedan sin mancha sino el golf y el billar. Lo peor, para mi gusto, es el aire despiadado de todo, en medio del cual los antiguos fanáticos ya no sabemos si lo que celebramos es la gesta del mejor deportista o la del médico más audaz.

En mí, por lo menos, esta letal combinación ha venido matando la vieja pasión, lo que me parece una lástima.

andreshoyos@elmalpensante.com

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