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Fiebre electoral

A los pocos meses de mi llegada a Inglaterra hubo una elección general. Era 1987 y Margaret Thatcher estaba en su apogeo, arrasando con sindicatos e industrias enteras como el carbón y los astilleros.

04 de mayo de 2010 - 04:34 p. m.
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En universidades como la mía los estudiantes la odiaban con pasión. Cuando llego el día de las elecciones, una amiga me invito a que la acompañara a votar. Para mí, que había pasado gran parte de los ochenta en ruidosas campanas galanistas al lado de mi madre, fue una experiencia surreal.

Aquí se vota los jueves y ese día nadie puede hacer campaña. Así que me encontré caminando en un silencioso suburbio de Leicester hacia un centro electoral donde no había nadie, a excepción de unos aburridos burócratas. Cuando llegamos, mi amiga les dijo que no tenía su tarjeta de votación. De hecho, eso quería decir que no tenía nada que la identificara (en este país no existen los documentos de identidad obligatorios). El burócrata la miró, le pidió su nombre, lo busco en una lista y le entregó su papel de votación.

Así tal cual: sin cédula, sin tinta roja en el dedo, sin interrogatorios ni intervención notarial. El tipo le creyó que ella era quien ella decía que era. Para mí fue una revelación que perdura hasta el día de hoy y que es uno de los pilares de mi profunda anglofilia. Mi amiga votó, salimos de allí y nos fuimos a clase. Sin bochinche dominguero, harina o caravanas partidistas.

Esa elección la gano Thatcher con holgura. Pero fue la última. Cuando llegó la siguiente, en 1992, su partido le había metido una puñalada política y John Major era el líder conservador y primer ministro.

Este jueves habrá otra elección general. Hoy en día gobierna el Partido Laborista. Las diferencias ideológicas entre laboristas y conservadores no son lo que eran y esta campaña ha sido menos acalorada que las de entonces. Pero en algo sí se parecen: al igual que John Major en 1992, Gordon Brown es un primer ministro que nunca ha ganado unas elecciones. Su antecesor, Tony Blair, renunció como líder laborista en 2007 y Gordon Brown heredó la corona del partido y con ella las riendas del país.

En 1992 John Major ganó las elecciones por un estrechísimo margen.

Gobernó durante cinco años más, pero siempre a merced de los elementos más extremistas de su partido. En 1997, agotado, dio paso a una contundente victoria laborista que perdura hasta hoy. Ahora es el turno de los laboristas de verse agotados. La violenta recesión, la desastrosa guerra en Irak y el desgaste general de 13 años en el poder los han dejado al borde de la derrota en los comicios.  Si los sondeos de opinión se confirman, este jueves en las urnas Gordon Brown, a pesar de su destellante carrera política, probablemente pasará a la historia como una de esas aberraciones del sistema electoral británico: mandatario sin mandato electoral.

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