El orden de la vida y el desarrollo de las sociedades exige que cada quien ocupe su lugar en el momento que corresponda.
Cada etapa de la vida trae una misión y un aprendizaje. Cada fase da paso a la siguiente de manera inexorable, para que cada generación pueda construir un futuro nuevo y único.
Qué grave es para una familia o para una nación que las personas maduras se comporten como niños caprichosos, adolescentes aventureros, madres consentidas o gobernantes que desde el ego territorial hacen la guerra. Qué complejo es para una sociedad que las generaciones nuevas tengan que usar sus vidas para reparar las consecuencias de las inmadureces, ambición o irresponsabilidad de los mayores.
Dolorosamente, así sucede a nuestro alrededor. La presencia de los niños limosneros en la calle nos cuenta acerca de los padres y madres que no fueron capaces de asumir su tarea. Y nos habla de una sociedad en la que sus gobernantes tampoco han cumplido con la función de crear un Estado, donde los padres tengan la educación y oportunidad laboral que les lleve a cumplir con su función esencial.
La presencia de adolescentes decididos a convertir la rumba en su única razón de ser, nos habla de familias en las que la intimidad y el diálogo desaparecieron para dar paso al conflicto, y de una sociedad en la que se privilegia lo superficial.
La presencia de adultos que obstaculizan el desarrollo de los subalternos, de los pueblos o sus vecinos, nos habla de historias de infancia en las que las carencias afectivas dejaron a los niños con una insaciable hambre de reconocimiento.
¿Será que somos capaces de pensar que no hay nada más importante para el crecimiento de una nación que lograr que en las familias los niños jueguen, los mayores se hagan cargo de cuidar a todos y los abuelos den su sabiduría?
Cada vez que los jóvenes usan la fuerza para construir, la prosperidad se expande; cada vez que los adultos maduros les dan solidez y estabilidad a los rumbos escogidos, las sociedades florecen. Cuando ocurre todo ello, podremos pensar que el futuro de los seres humanos conocerá la prosperidad y la armonía.
Sólo cuando miremos en nuestro interior para darnos cuenta de la importancia de superar los obstáculos o conflictos que nuestro presente nos trae, porque tenemos claro que no hay nada más importante que legar a nuestros hijos un mundo donde la armonía y la prosperidad existen, seremos capaces de abandonar la infantil y dañina idea de que ganarle al otro es lo único que se vale.