REACIO, COMO SE MUESTRA, A DAR el sí para una segunda reelección y tercer período de gobierno, el presidente Uribe, requerido por su bancada, ha dejado escapar una frase displicente: busquen otros líderes. Como quien dice: si los hay, distintos de mí.
A renglón seguido, ha soltado dos nombres, como quien no quiere la cosa, Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, “que han trabajado bien”. Ya en otra ocasión los había mencionado, junto con el ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, a quien le había dicho que se preparara, no se sabe si para reemplazarlo o para que terminara su formación, lo cual nunca sobra decírselo a un joven, cuyas uvas están verdes.
Juan Manuel Santos, preferido a ojos vistas sobre su émulo Germán Vargas en el capricho presidencial, es verdad que se ha destacado por fin con fuerza propia. Las acciones militares le están ligadas, con sus aciertos y sus fracasos. Se le acredita el computador de Reyes y se le achaca la incursión en territorio vecino; se le abona la liberación de Íngrid y se le cobra la mentira del logo humanitario (que viene el logo, que viene el logo). Ha cultivado, por lo demás, una imagen de dureza, que se acomoda a sus facciones orientales made in China, lo que hoy tiene su valor.
A Óscar Iván poco se le conoce. No pasaría por las horcas de las encuestas de opinión y no es por lo tanto candidato para esta época digitalizada, en que la ropa es prearrugada y los candidatos son preelectos. De los dos señalados, mediante el guiño desalentado y desaliñado de Uribe, como que implica para el glorioso presidente el acto heroico de sustituirse, sobresale este Santos, nuevamente posicionado por encima de su primo, el vicepresidente, a quien dañaron ciertos enredos vallenatos, que él mismo tejió. La vulnerable candidatura de Juan Manuel sería un regalo para la oposición, que podría entrar a jugar, con opciones algo más equilibradas.
Tremenda decisión la de Uribe. De una parte, perder la oportunidad, para cualquiera única, de quedarse en el poder, con el viento a favor. De otra, exponerse al disfavor internacional, ya no sólo trabajado por la izquierda militante, sino por demócratas de centro, como los que detienen el TLC por culpa suya, pues comienzan a verlo como un dictador, o expresan opinión editorial en diarios de la influencia del N.Y. Times.
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Ahora se argumenta que Yidis Medina ya estaba convencida de votar por Uribe y que, por lo tanto, no había sido necesario comprarla. Lo que habría que concluir es que se perdió la platica, junto con las notarías y hospitales que alimentaron su apoyo, lo cual no borraría el cohecho. ¿Quién asesora al Presidente?