Las preguntas que se derivan son: ¿qué objetivo tenía anunciar el acuerdo en el contexto de la gira del subsecretario Arturo Valenzuela a varios países de América Latina y en el Foro Económico Mundial realizado recientemente en Cartagena? ¿Era esa una oportunidad política inigualable para debilitar la integración suramericana protagonizada por Brasil? ¿Sería también una estrategia mediática para menoscabar el proceso de concertación política y comercial de los Bric (Brasil, Rusia, India y China), países que, según informaciones del FMI, de 2000 a 2008 respondieron por 46,3% del crecimiento mundial, cuya II Cumbre se inicia justamente esta semana en Brasil?
Lo cierto es que el anuncio de ese acuerdo fue un duro golpe mediático a la construcción de los mecanismos de confianza conquistados en América del Sur y, por consiguiente, a la cooperación Sur-Sur. En los últimos meses varios temas han indicado relativas divergencias entre Estados Unidos y Brasil, entre ellos: Honduras, la postura de Brasil en relación con Irán y las bases militares en Colombia, además de disputas comerciales en el marco de la OMC.
Sin embargo, si nos detenemos a analizar la coherencia que caracteriza la política exterior brasileña no encontraremos de inmediato una lógica para la firma de un acuerdo de mayor magnitud en esa materia. La última base militar norteamericana instalada en Brasil, Fernando de Noronha, que se limitó a hacer seguimiento a los primeros satélites artificiales, fue cerrada en 1961. Y aún más simbólico fue la no adhesión de Brasil en 1968 al Tratado de No Proliferación Nuclear, por considerarlo “injusto y discriminatorio”, y la denuncia en 1977 del Tratado de Asistencia Militar con los Estados Unidos por el gobierno del presidente Geisel, en respuesta a las críticas norteamericanas acerca del tema de Derechos Humanos. La decisión representaba la búsqueda de autonomía estratégica para el país, con fuerte expectativa de desarrollar una industria militar nacional. En las últimas décadas, desde que el narcotráfico se convirtió en un enemigo común y un pretexto para intervenciones de nuevo tipo en la región, Brasil ha demostrado una postura autónoma, cuya característica ha sido preservar el papel clásico del ejército como defensor de la seguridad y soberanía nacional, evitando así su contaminación por el narcotráfico.
En medio de la Cumbre sobre Seguridad Nuclear en Washington, con la participación de 47 países, y la firma del acuerdo de cooperación en defensa entre Brasil y Estados Unidos, se puede pensar que Brasil no traicionará su creación: la integración de las naciones suramericanas y la consolidación del Consejo de Defensa Suramericano, claves de la política exterior brasileña, ya que son indicios de autonomía que ni Brasil ni la región estarían dispuestos a renunciar.