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Igualitos

21 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

ESTE PAÍS NO TIENE OPOSICIÓN. ESA es la principal debilidad de nuestras instituciones. Esta semana ha sido muy interesante para entender el problema estructural de la democracia colombiana.

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Por un lado está el Partido Liberal donde siete enanos (Rafael Pardo, Piedad Córdoba, Alfonso Gómez Méndez, Rodrigo Rivera, Cecilia López, Iván Marulanda y Ernesto Samper) se pelean las boronas de un capital político cada día más reducido. Con ínfulas de grandeza, cada vez que se reúnen salen más divididos. Los dardos que se lanzan son ácidos y los golpes bajos frecuentes. Ni la reconocida habilidad e inteligencia del presidente Gaviria puede introducir racionalidad en esa hoguera de vanidades. Muchos de los líderes liberales son potenciales lentejos, esperando que el Gobierno les tienda un plato para disfrutar de las mieles del poder y la burocracia. El Gobierno los puede comprar baratos pues tienen un hambre de poder que no sacian desde hace años. Ese partido no tiene ideas, disciplina ni capacidad de presentarse como opción de poder. El liberalismo es igualito a la coalición uribista: incapaz de superar sus ambiciones internas para ofrecer una opción política que encarne una alternativa electoral.

Más triste es aún el espectáculo que brinda el Polo Democrático. Es un escándalo la desfachatez y el cinismo como justifican el clientelismo burocrático y la feria de los contratos en el gobierno de la capital. La Secretaria de Gobierno tiene un lenguaje idéntico al de los gamonales tradicionales. Es un puro ejemplo de la política tradicional, utilizando los presupuestos para favorecer a sus amigos y los contratos públicos para comprar lealtades. El Polo, que posa de dador de lecciones morales, que denuncia vociferante la corrupción del Gobierno, es igualito. Cuando tienen el poder, no sólo gobiernan mal sino que replican todos los vicios de política.

El liberalismo y el Polo no han entendido que hacer oposición es algo muy serio. En las democracias parlamentarias, hacer oposición es un arte que mantiene a los partidos unidos pues los obliga a cerrar frentes y a concentrarse en recuperar el poder. Para que la opinión pública considere que merecen una opción de gobernar es necesario prepararse y estar dispuesto a correr riesgos políticos. Hacer oposición exige creatividad y agilidad para aprovechar las oportunidades que ofrecen las debilidades del Gobierno. Se requiere coherencia y capacidad de comunicación; liderazgo y aguante. Nada de eso hacen los liberales ni el Polo. Sólo les importa atacar rabiosamente, pero sin inteligencia, al Gobierno más popular que ha tenido Colombia en su historia. Como son incoherentes y vacilantes, su actitud refuerza a Uribe que sabe que no son una verdadera amenaza política. El Gobierno fija la agenda, define los tiempos, escoge los adversarios y mantiene el poder. La oposición está siempre rezagada, con un discurso encasillado y con muy pocas ideas nuevas. Si a ello se le suma las divisiones internas y los escándalos como los de la Alcaldía de Bogotá, su panorama no podría ser más negro.

Algunos me dirán que las mismas críticas se pueden aplicar a la coalición uribista. Probablemente es cierto, con una diferencia: que ellos tienen el poder y que lo van a conservar pues la oposición no ha hecho los méritos ni tiene el liderazgo para reemplazarlos.

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