Jorge Cárdenas Navas era muy metódico y sobrio. Es probable que nadie más haga el elogio de sus virtudes, que nadie más se ocupe de él porque su vida era de una discreción ejemplar que sólo conocimos sus próximos y porque en este tiempo apresurado que vivimos no queda lugar para exaltar sino a los personajes de relumbrón, a los políticos, a los hombres públicos.
Jorge Cárdenas fue todo lo contrario de un hombre público. Disciplinado y silencioso, desde los tempranos días del colegio fue tejiendo una vida de brillo opaco pero cierto que lo llevó a construir una organización de abogados —Cárdenas y Cárdenas—, que es un ejemplo de seriedad y de equidad en ese intrincado mundo del Derecho que todos los días exhibe impúdicamente sus entrañas ante los lectores de la prensa diaria. En ese mundo revuelto y sospechoso, Cárdenas y Cárdenas ha sido una fábrica de rigor jurídico donde sólo hay sitio para lo justo, porque así lo dispuso su fundador, Jorge Cárdenas Navas.
Menudo, sonriente, con la consigna elegante de pasar inadvertido por la vida, desde su niñez Jorge Cárdenas comenzó a urdir una trayectoria disciplinada que sorprendió y al mismo tiempo desautorizó los entusiasmos desordenados de sus condiscípulos, dentro de los cuales Cárdenas era demasiado serio y afrontó el peligro de ser aburridor, pero nunca lo fue porque lo salvó su sonrisa diáfana, su bondad, su lealtad y los destellos de un alma generosa. Le apasionaban los idiomas. Los estudió y los dominó por su cuenta y riesgo persiguiéndolos en las horas más impensadas cuando sus condiscípulos estábamos obligados a seguir las clases de física o de química. Fue el único acto de indisciplina que en el colegio cometió Jorge Cárdenas. En el alveolo de su pupitre atesoraba libros de italiano que nunca figuraron en nuestro pénsum, libros en francés, en inglés, que consultaba mientras sus compañeros sufríamos el suplicio de los teoremas.
Casto, sobrio y frugal en la mesa, en el trabajo y en el amor, su vida transparente continuó siendo un ejemplo para quienes tuvimos el privilegio de seguir siendo sus amigos al salir del colegio y de la universidad.
En los últimos años de su vida el Alzheimer nos lo arrebató a sus hijos y a sus amigos, y lo sumió en ese mundo vano, que sólo concede el consuelo de prolongar la vida corporal de sus víctimas en un lento descenso hacia la muerte.
Jorge Cárdenas no necesita otro obituario que este testimonio de quien lo conoció toda la vida y puede dar fe de que fue un gran hombre.
Álvaro Castaño Castillo. Bogotá.