No cabe duda de que los dos grandes polos de la gestión del orden jurídico son la voluntad y la razón, como lo afirma Paul Kahn, el norteamericano filósofo del derecho. En su obra El análisis cultural del derecho nos dice este pensador que “el abogado en tanto hombre de Estado y académico lidera una vida que parece mediar armoniosamente entre estas dimensiones de la comunidad y el individuo: la razón es el estándar para la acción de estas dos dimensiones, así como el deseo autointeresado es el objeto que ha de ser controlado tanto en la política como en la vida privada” (pág. 18). Las normas son las que mantienen ese equilibrio entre el deseo y la razón. Todo acto de ponderación que realizamos en nuestra vida pública y privada es la expresión de una regulación y, por tanto, de la búsqueda de un equilibrio entre el interés individual y el interés colectivo. Por ello el orden jurídico tiene su base cierta, esa que lo convierte en el pilar de la democracia, en la autorregulación que llevamos muy adentro todos los seres humanos y que es una las mejores expresiones de la inteligencia que nos caracteriza como humanos.
La incertidumbre que vivimos los colombianos y colombianas con las decisiones de la Corte Suprema de Justicia y la Presidencia de la República que han puesto en el limbo jurídico a la Fiscalía General de la Nación es un ejemplo novedoso de cómo la voluntad supera los límites de la razón y deja al orden jurídico sin capacidad de respuesta. Esto no quiere decir que las decisiones encontradas sean incorrectas. La Presidencia se basa en la norma constitucional literal que establece los requisitos para ocupar las altas dignidades de la justicia (C.N. art. 232) y la decisión de la Corte Suprema se desprende de esta norma y de su espíritu, es decir, que incorpora el propósito, el estilo y la razón de ser del orden jurídico y de quienes lo representamos y lo ejercemos. Tiene en cuenta ese modo de ser que debe caracterizar al abogado cuando deja su escritorio para ser hombre o mujer de Estado. Se encontraron dos interpretaciones que dejan al orden jurídico sin respuesta.
¿Qué hacer en este punto de divergencia en el que la ley no nos da la respuesta? La inteligencia y la necesidad nos dicen que no podemos quedarnos en el limbo. El suspenso tampoco le ha hecho bien a la integridad de la justicia. Para abrir las puertas de la solución, creo que tenemos que invocar a esa magistratura moral que llevamos dentro todas y todos los juristas de este país, los hombres y las mujeres de Estado y quienes nos ocupamos del oficio desde nuestros quehaceres académicos y de litigio. Los prestigiosos juristas que conforman la terna contribuyen a la solución si con la independencia que caracteriza la magistratura moral que rodea su formación, su prestigio y su responsabilidad con ellos mismos y con el país, deciden con independencia de su nominador y con la nobleza de su ser como ciudadanos, dar paso a una nueva terna. Cuando invocamos la magistratura moral no hay vencedores ni vencidos, porque el gran vencedor es la sociedad colombiana y sus instituciones democráticas.
* Abogada filósofa. Catedrática de la Universidad Nacional.