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La república del candor

07 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

El diálogo con las Farc está en el ambiente.

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Hay un clima propicio, ocasionado por la liberación de los canjeables. El problema está en los fundamentos, la forma y la oportunidad de llegar a una negociación. Si esta sociedad va a emprender esta tarea, debe hacerlo con los ojos abiertos. Que es lo contrario de lo que hemos visto en algunos analistas y en ciertos medios de comunicación. No todos. No precisamente por mala sangre, sino por el contrario, contagiados de un candor enternecedor.

Los elementos claves de un posible diálogo serían de este tenor: Con todos sus defectos, aquí hay una democracia en proceso. Para mejorarla, la violencia no es un método aceptable. Y lo es menos cuando involucra la población civil, acude al reclutamiento de menores, pone bobas antipersonal, extorsiona a tutiplén y lanza misiles hechizos a la población. Estas actividades terroristas anulan el delito político. No importa si éste subsiste o no. Lo que importa es que el reconocimiento político es incompatible con estos actos. Un académico dijo: ahora hay que reconocer a las Farc como grupo político, porque con terroristas no se puede negociar. Es un sofisma monumental. Y es también una forma vergonzosa de correr la estaca conceptual, como si el asunto fuera retórico. Dado este paso, lo que sigue es que es la sociedad la generadora del cambio sin el fusil en la sien. La pobreza puede relacionarse con la violencia, pero la violencia terrorista se relaciona menos de lo que algunos creen. Y el remedio no es ese. Por fin, lo que habría para negociar se refiere a mecanismos de reinserción, cese de fuegos, terminación del conflicto. Un acto legislativo de justicia transicional, como el que se discute, es una buena base. Y también mecanismos para que algunos busquen opciones políticas. Pero en democracia.

Dicho esto, la sociedad debe corregir el candor y sus consecuencias. Sin malicia, muchos analistas y medios regresaron una década. El señor Uribe cometió errores, pero dejó un legado de materia conceptual que creíamos indeleble. En primer lugar, no es cierto que haya que agradecer nada a las Farc. En segundo lugar, no hay que olvidar lo ocurrido: muchos secuestrados murieron en cautiverio y por televisión vimos los campos de concentración. Tampoco es válida la lógica de “lo recomendable es un gesto de paz del gobierno”. El desistimiento del acto violento se registra, pero no se recompensa. Porque entonces creamos las bases para un nuevo escalonamiento de la violencia. Tercero: lo de Rigoberta Menchú y adláteres es atroz. No es que aquí haya una guerra que, como tal, valida todas las aberraciones. Eso es inaceptable. Con todo y las graves violaciones cometidas por el Estado, que también deben ser condenadas, el problema es mucho más delicado que equiparar violencias para lograr la paz. La paz sólo puede construirse sobre el reconocimiento de una legitimidad, aun si es defectuosa.

Falsos positivos, paramilitarismo, complicidades oficiales, desplazamiento. Cierto. Son también baldones. Pero por la vía del pecado y el empate no está la paz.

Aceptado: Lleno y todo de serias cagadas, manchado por pedazos, no hay razón ética, política ni militar para entregar el trono moral. Sucio y todo como está.

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