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Las mentiras políticas reflejan deseos

T. S. ELIOT ESCRIBIÓ ACERCA DE cuando la memoria se combina con el deseo.

29 de mayo de 2010 - 03:48 p. m.
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Los políticos se meten en problemas cuando el deseo veta la memoria.  Saben que distorsionan una experiencia, pero no pueden evitarlo. Su deseo de ser la persona que describen es demasiado abrumador.

Los políticos son actores atrapados en el mismo papel, y algunos sienten ocasionalmente la necesidad de censurar fuertemente el guión. Son vendedores comprometidos con la venta difícil, y algunos ocasionalmente se dejan llevar por la emoción.

Se puede considerar a Richard Blumenthal. El procurador general de 64 años de Connecticut, quien contiende por el escaño de Chris Dodd en el Senado de los Estados Unidos, tenía un magnífico currículo, que no necesitaba ningún arreglo. Tiene grados de las facultades de Derecho de Harvard y Yale, fue asistente del ministro Harry Blackmun en la Suprema Corte y pasó seis años en la Reserva del Cuerpo de la Marina.

Sin embargo, como otros políticos, Blumenthal agregó una filigrana aquí y allá, no porque las necesitara para ganar, sino quizá porque esas acciones más heroicas alimentaban sus deseos más recónditos.

La semana pasada, tuvo que enfrentarse “a unas cuantas palabras mal puestas”, que indicaban que sirvió en Vietnam, cuando de hecho recibió cinco aplazamientos antes de unirse a la Reserva de la Marina en Estados Unidos —sólo después de conseguir un número bajo de reclutamiento— (tuvo una tarea burocrática y organizó una campaña de juguetes para los pequeños).

No obstante, estos casos nunca son sólo sobre palabras. Son más profundamente sobre identidad.

“Creo que las mentiras son como deseos”, señaló Bella DePaulo, una catedrática de Psicología de la Universidad de California, en Santa Bárbara. “Cuando deseas ser cierto tipo de persona que sabes que no eres, y quizá no estás dispuesta a hacer lo necesario para ser esa persona o no puedes retroceder, entonces, mentir se vuelve muy tentador”.

Sea que haya sido por una culpa residual por evitar Vietnam o no, Blumenthal se volvió un feroz defensor de los derechos de los veteranos. Se deslizó de meramente decir: “Serví en la época de Vietnam” a “en Vietnam, tuvimos que soportar burlas e insultos, y nadie dijo: ‘Bienvenidos a casa’. Yo digo: ‘Bienvenidos a casa’”.

 No corrigió muchos artículos periodísticos que publicaron sus rachas de hipérboles.

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Es posible que haya tenido algo que ver con lo que David Halberstam llamó “la línea de la falla del patriotismo que atraviesa este país”. Al escribir en Vanity Fair, en 2004, sobre la procaz calumnia de la derecha en cuanto a la valentía de John Kerry en Vietnam, Halberstam dijo: “Requerimos demócratas que trabajen un poco más duro para demostrar que realmente son patriotas, y no que están de acuerdo en trabajar con nuestros enemigos”.

Dan Quayle apoyó la Guerra de Vietnam, la cual evitó cuando su familia usó sus influencias para meterlo en la Guardia Nacional de Indiana. No obstante, se autodenominó “veterano de la era de Vietnam” en los folletos de campaña, cuando contendió por el Senado en 1980.

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Pete Dawkins, el republicano ganador del trofeo Heisman en West Point, perdió una contienda senatorial en Nueva Jersey en 1988, después de que lo atraparon exagerando en la red. Lo peor fue una carta para recaudar fondos, dirigida a egresados de West Point, en la que Dawkins, un general brigadier condecorado y retirado del Ejército, dijo falsamente que lo habían herido en Vietnam y que había servido dos períodos allá, en lugar de uno.

En la página editorial de The Wall Street Journal, se compara la exageración sobre Vietnam con que Eliot Spitzer saliera con prostitutas, y se señala que tiene defectos. Sin embargo, los excesivamente lambiscones crónicos pueden tener impresionantes carreras en el servicio público.

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Cuando Joe Biden remedó al político británico Neil Kinnock para aumentar sus propias posibilidades presidenciales, en 1988, claramente exageró en su identificación con la vida de Kinnock: dos chicos celtas, luchadores, de clase trabajadora, con un talento para cotorrear, que ascendieron sin privilegios en un territorio carbonero. En ocasiones, Biden reconoció a Kinnock, y en una ocasión no lo hizo, durante un debate en primera persona, lo que generó un problema cuando divergieron los hechos de la vida de Kinnock y los de la de Biden.

Sin embargo, es obvio que Biden es un tipo decente. Prosiguió para convertirse en alguien que dijo la verdad sobre Irak, y sucedió a un vicepresidente que es todo menos eso.

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Se criticó a Al Gore en la campaña de 2000 por una tendencia a resaltar la verdad, pero fue inocente en comparación con la exageración vil que W. y Cheney emplearon para engañar al país a fin de que estuviera de acuerdo con la invasión de Irak.

En 2008, se atrapó dos veces a Hillary Rodham Clinton puliendo su currículo. Le preocupaba que sus períodos como primera dama no hubieran sido suficientemente sustantivos, así que integró algunos viajes al extranjero para que sonara más presidencial.

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Tuvo que reconocer que “se expresó mal”, cuando dijo que había tenido que correr agachada para esquivar balas de un francotirador al aterrizar en Bosnia, en 1996, cuando en realidad la recibió una niñita que leyó un poema. Hillary también promocionó con bombo y platillo su papel en el proceso de paz irlandés.

Sin embargo, como los veteranos que rodearon a Blumenthal y gritaban “¡Urrá!” en una rueda de prensa, los irlandeses estaban tan agradecidos con Hillary por su apoyo que no les importó la labia. Avanzó para ser una secretaria de Estado respetada.

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Con la cleptomanía política, DePaulo nota: “sus mentiras revelan a menudo quiénes quisieran ser”.

 

     * Columnista de The New York Times, ganadora del Premio Pulitzer en opinión en 1999.

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