¿Es en serio que nos hagan pensar que el gabinete de Duque es independiente y por ello ajeno a los partidos políticos? Esto pareciera que se da por un afán de aceptación en la “opinión pública”, donde uno de los asesores del presidente electo, que le habla al oído, es el senador José Obdulio Gaviria, quien ya en el Gobierno del jefe de ambos hizo ver la importancia de lo que llamó “el Estado de opinión”, instrumentado a través del Cuarto Poder (los medios de comunicación), en donde sus principales actores influyen directamente sobre la ya mencionada “opinión pública”.
No quiero entrar a discutir si los ministros designados no son personas académicas, técnicas, con experiencia en los sectores público y privado, de la nueva generación, de la confianza del presidente e incluyentes; lo que no puedo aceptar es que nos hagan pensar que el gabinete va a ser independiente a la clase política, pues es una utopía creer que un mandatario pueda tener gobernabilidad, es decir, apoyo en el legislativo para la materialización de sus políticas públicas sin el contubernio de los partidos políticos.
Lo anterior es totalmente justificado desde la ciencia política, puesto que ya decía el filósofo alemán Jellinek, desde un punto de vista pragmático, que es legítima la participación en el poder por parte de los partidos políticos a través de sus representantes como jefes de las políticas públicas, esto refrendado legalmente en el mundo y en Colombia, como lo establece la Ley 130 de 1994, al indicar que las colectividades tienen “(…) el objeto de acceder al poder, a los cargos de elección popular y de influir en las decisiones políticas y democráticas de la Nación”.
Entonces, lo malo no es que los representantes de los partidos políticos participen en las decisiones públicas, como se dijo anteriormente, para eso se crean; lo degenerado es el interés con el que llegan esos representantes y lo que buscan sus dirigentes, puesto que ese degeneramiento es lo que han llamado decorativamente “la mermelada”, que no es otra cosa que corrupción y politiquería, puesto que estos representantes no llegan al Gobierno para defender y materializar sus principios ideológicos, sino para saquear los recursos públicos y a complacer a su clientela electorera.
Es por esto que hay un “reacomodo de las fuerzas políticas” en el nuevo legislativo, pues cuál otra explicación podría tener que los anteriores partidos santistas (La U, Cambio Radical, Conservador, Liberal, entre otros) hoy sean la nueva coalición de quienes decidieron ser sus enemigos y opositores políticos. El sueño de Locke y Montesquieu de dividir el Poder Público para que no fuese absoluto, porque el poder absoluto corrompe absolutamente, se quedó en eso, en un sueño, porque hoy en los diferentes estados diseñados como democracias liberales, independiente de su sistema de gobierno, parlamentario o presidencial, las ramas Legislativa y Ejecutiva “se colaboran armónicamente”, tanto que la una manda o manipula a la otra.
Por lo citado, me causó mucha sorpresa que algunos de los más importantes generadores de opinión en el país no observen el derecho fundamental a informar y ser informado de manera veraz e imparcial, cuando únicamente aplauden la designación del gabinete, pero no cuentan y explican la instrumentalización degenerada del sistema vigente, que como lo diría Churchill: “La democracia es el menos malo de los regímenes políticos” que se ha inventado la humanidad.
Ah, se me olvidaba: el “reacomodo» político en el Congreso también es por los lados del otro bando, vivir para contarlo, que hoy al unísono, Petro, Robledo, Cepeda y demás izquierda radical apoyan y defienden ruidosamente a un exalcalde neoliberal, que defendió la privatización de la ETB.
No más mentiras acomodadas, ni verdades a medias.
* Analista Político de la Universidad Libre