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De convicciones a dudas: tres veces en que cambié de opinión

Rodolfo Vanegas

En respuesta al editorial del 26 de noviembre de 2023, titulado “¡Nada de dogmas! Celebramos el cambio de opinión”.

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Interesante el ejercicio #CambiéDeOpinión. A veces en la vida hace falta ese necesario alto en el camino y, como dice un pensador, solo un estúpido no cambia de opinión; a veces es necesario. Pongo a consideración tres cosas que, a esta altura de la vida y hablando de lo público, me arrepiento de todo corazón, como la subregla de la misa:

Haber votado por Álvaro Uribe. Como todos, creí que Uribe nos devolvió cierta unidad como país, en materia de seguridad incluso. Recuerdo la intervención del malogrado alcalde de El Roble y no lo creía. Sí, el país creció, hubo seguridad, no el deterioro de ahora, pero había un monstruo que crecía en silencio: la violencia paramilitar y de los clanes políticos, bajo la cual se arroparon Kiko Gómez, Rodolfo Molina, Salvador Arana y Álvaro García. Fue un Leviatán que creció sin control. El país se dividió entre buenos y malos, los que creían en Uribe y los que lo criticaban, sin ser de izquierda. Por cierto, muchos que no compartíamos el modo de actuar de Uribe fuimos condenados a ser de izquierda, sin serlo. El país se polarizó, y así llevamos 20 años.

Me arrepentí de haber votado por Enrique Peñalosa en su segunda alcaldía. Pensé ingenuamente que iba a ser el alcalde planeador, que iba a sacar a Bogotá del atraso y continuaría su obra de 20 años atrás. Fue un tipo presa de sus intereses, que no vio otra solución distinta al congestionado Transmilenio y llenar de gasolina y diésel la ciudad. Además, se aprobó el metro que él quiso y no tal vez el que le convenía a la ciudad. Con arrogancia y prepotencia, ocultó una gestión que nos dejó a muchos insatisfechos.

Me arrepentí de creer en un líder como Juan Pablo II. Vivía de la emoción de su visita a Bogotá, hace 30 años, cuando lo vi en su papamóvil por la calle 26, un hombre altísimo y bondadoso. Pero con él la Iglesia conoció la noche; el cardenal Wojtyla, de avanzada, se convirtió en un papa que no vio los crímenes de Marcel Maciel, que persiguió a la teología de la liberación y permitió que seres absolutamente perversos como Alfonso López Trujillo ascendieran bajo su égida.

Estamos tal vez en una edad en la que empezamos a ver hacia atrás y desengañarnos de muchas cosas que en su momento defendimos, pero la vida es un incesante cambio de circunstancias. Creí que Dios debía estar en el preámbulo de la Constitución, y después con amargura comprobé que el Dios que tanto cacareamos y alardeamos está muy lejos de los corazones de los hombres y es un Dios mezquino, condenador, egoísta y hasta violento, creado por el mismo hombre.

Con este déjà vu, de lo único que no me arrepiento es de haber vivido.

Por Rodolfo Vanegas

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