“La violencia dentro de los hogares no cesa y se posiciona como un tema urgente a tratar si se quiere construir una Colombia en paz”. En lo subrayado está el meollo de la discrepancia sobre el editorial. Asimilar los efectos de la llamada violencia intrafamiliar –VIF– con los de la violencia del conflicto armado es bastante incongruente. En efectos adversos podrían compararse, pero en sus causas no:
Por Leila Delgado Almanza
Obvio que la violencia intrafamiliar arroja mayores guarismos que la del conflicto armado de 50 años, porque su historial se pierde en la bruma de los tiempos de la sociedad humana en general y en Colombia en particular.
La Universidad de la Sabana, basada en datos del Instituto Nacional de Medicina Legal entre el 01/01/2016 y el 31/07/16, citados en el editorial, es muy diciente: Casi 45.000 casos de VIF, comparados con los reportados en 2015 a la Policía (casi 55.000). Pero que la diferencia haga llamar al optimismo porque el aumento de denuncias se deba a que han caído los temores a hacerlo… desconoce el historial de inequidades que ha soportado el sexo femenino y la falta de voluntad política para erradicarlas.
25.000 mujeres agredidas. “La desigualdad persistente entre los géneros crea jerarquías por el mayor poder adquisitivo de hombres”. Que se piense que “los casos de VIF no reportados son más numerosos que los reportados” y que se diga “que esa diferencia de poder fomenta el silencio”. Verdades de Perogrullo basadas en prejuicios que obedecen a siglos de ausencias en el trabajo productivo, la propiedad y la dominación patriarcal y de usos y costumbres de una cultura misógina, enraizada en toda la población, en general y en la élite del poder particularmente.
Las razones que concluye la encuesta de la Universidad de la Sabana, entidad no caracterizada por su carácter progresista, me permiten inducir la manipulación de las respuestas: La persona maltratada “es culpable de permanecer junto a quien la maltrata”. “la familia debe permanecer unida a cualquier costo” —idea del nuevo fiscal general que glosara en su momento—. El pensar del 55 % de las personas que sostienen que esos «familiares son violentos por naturaleza»” me recuerda las exiguas penas que daban a uxoricidas al argüir el atenuante de “ira e intenso dolor”; y las ideas de considerar correcto los golpes físicos para solucionar conflictos en la crianza de menores y la sumisión de la mujer. Y sobre todo el generalizado preconcepto “la ropa sucia se lava en casa”. Vale decir, “en peleas de maridos y mujer nadie se debe meter”. Que lo pregona una cantante que termina la elucubración sobre el tema con el mismo estribillo. ¡Una mujer!
Todo ello me hace colegir lo grave del caso, que no se revertirá sino cuando la voluntad política de un buen gobierno diseñe políticas de estado equitativas por las cuales accedamos no solo a unas paupérrimas cuotas alimenticias en caso de abandono del marido. O la pírrica ley de cuotas para conseguir solo incluirse en listas a cuerpos colegiados; y otros derechos de menor cuantía. Pero aún no goza de oportunidades de educación, salario, asistencia de calidad a niños y mayores de edad, que la costumbre le impone cuidar y que ni el Estado le reconoce.
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