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Las complejidades del racismo

03 de octubre de 2022 - 12:00 a. m.

En respuesta al editorial del 29 de septiembre de 2022, titulado “Enfrentar el racismo sin caer en el populismo punitivo”.

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Quisiera hacer claridad en gracia de discusión cuando se afirma que “no puede negarse que Colombia tiene un serio problema de racismo estructural”.

Como dijo el escritor martiniqués Frantz Fanon, en el Sur Global “se es rico porque eres blanco y se es pobre porque eres no blanco”. Esto implica la imbricación de la raza y la clase en un mecanismo perverso que afecta de manera negativa a una parte de la sociedad y privilegia de manera positiva a otro sector de la sociedad. En este sentido, el racismo tiene dos caras: da privilegios a unos grupos minoritarios catalogados como superiores y desposee a grupos de poblaciones vistos como inferiores.

En esta dirección, es desacertado entender el racismo como un tema de gente que tiene prejuicios, estereotipos o ideas raras sobre otros grupos. Esta definición de racismo tiene consecuencias no solamente teóricas sino políticas, porque si el problema del racismo es cuestión de unas manzanas podridas, la cosa sería más sencilla de lo que parece. Bastaría sacar esas manzanas podridas y ya está.

Pero el asunto racial no es así. Es mucho más profundo de lo que se presenta en esta idea trivializada. Es, ante todo, una práctica encarnada en la sociedad y no una idea errónea que alguien adquiere por osmosis. ¡No! El que sea estructural significa que es una práctica institucional y no basta con “educar” a individuos que se portan groseros y despectivos con otros, sino que se deben transformar las estructuras de la sociedad que están produciendo privilegios raciales a unos grupos y opresión sobre otros.

El racismo visto como estructura sistémica significa que este se reproduce impunemente todos los días de manera diferenciada en instituciones como los colegios o la policía. Así, por ejemplo, se ha portado esta última dependiendo de los lugares donde entra. Si interviene en barrios populares ante cualquier incidente, donde la mayoría son personas de piel oscura o mestiza, procede por principio institucional de manera violenta y a priori con las armas en la mano, tumbando la puerta sin preguntar muchas veces qué pasa allí; contrario si interviene en un barrio de clase alta, donde toca a la puerta, saludando y preguntando que está sucediendo. Y esto ocurre independientemente de que en el pelotón de oficiales alguien tenga prejuicios raciales. Es posible que ninguno lo tenga, pero esto no borra la conducta anterior. Lo que muestra es que esa conducta no obedece a los individuos policiales sino a la estructura a la que pertenecen, que hace que tengan que obedecer órdenes so pena de ser expulsados o acosados por sus superiores.

Por supuesto que en nuestras sociedades el racismo se ha naturalizado como algo normal, pero es pertinente hacer claridad de que ello obedece a una estructura sistémica que lo reproduce y cabalga con prestigio en la psiquis de los colombianos.

Resarcir el hecho diciendo “no lo vuelvo a hacer” no sirve de nada.

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