En respuesta al editorial del 25 de septiembre de 2020, titulado “En serio, algo anda mal”.
Desde los años 60, planes como el Lazo para que a través de acciones cívicas y militares las Fuerzas Militares sean percibidas como defensoras del Estado de derecho siempre han contrastado con las múltiples denuncias en contra de sus miembros. Como bien apuntó el profesor César Torres del Río, esto se puede explicar porque frente al manejo del orden público y la lucha contraterrorista los líderes de las Fuerzas Militares han estado solos. La premisa ha sido: muestre resultados; nosotros, el poder civil, les damos libertad de mando y presupuesto. La responsabilidad política ha brillado por su ausencia.
Hay excepciones contadas, como las de los gobiernos de Pastrana y Uribe, cuando el poder civil ha liderado la reestructuración de las Fuerzas Armadas y los cambios de doctrina con los planes Colombia y Patriota. Aun así, no han podido evitar que graves denuncias recaigan sobre miembros de las Fuerzas Militares, como los casos de Rito Alejo del Río y su relación con los paramilitares, o los falsos positivos. Algo ha estado mal en las Fuerzas Militares, y nace de esa desidia de tantos gobiernos por acompañar y liderar a sus Fuerzas Militares, en vez de entregarles la responsabilidad. ¡Esto es evidente!
Pero también es evidente la vocación de servicio de miles de miembros de nuestras Fuerzas Militares, que hoy además se enfrentan a limitaciones operacionales que les impiden actuar con eficacia contra las amenazas narcoterroristas que bañan de sangre de líderes sociales el campo colombiano. Con impotencia ven cómo el Poder Judicial limita la lucha contra el combustible de la violencia: el narcotráfico. Y de paso advierten que sus antiguos enemigos con sus socios ideológicos han desplegado una campaña no para solucionar los problemas que las aquejan, sino para minar su capacidad. A pesar de eso, decenas de miles de hombres salen todos los días a ofrendar su vida y sangre por la libertad y los derechos de los colombianos.
El caso del soldado que disparó en Miranda, Cauca, en un acto estúpido y reprochable, no es equiparable a denuncias de quienes han abusado de su condición de honor para violar los derechos de los ciudadanos que deben proteger. Fue imprudente, pero nunca disparó contra la humanidad de Juliana Giraldo, su intención no fue la de matar, aunque sus actos terminaron segando una vida inocente, y seguramente responderá por esto. No es válido equiparar todos los eventos donde se involucren a miembros de nuestras fuerzas al nivel de los criminales que abusan de su uniforme. Hacerlo solo contribuye a aumentar la polarización reinante.
Es necesaria una reforma para escoger mejor a los hombres de nuestras fuerzas, fortalecer los protocolos y el control , pero se sumará a las reformas que continuamente se han realizado. La eficacia de una nueva reforma dependerá de la capacidad de liderazgo del poder civil para respaldar y apoyar a sus fuerzas en ese camino, en vez de delegarles esa responsabilidad, como cierta lideresa distrital.