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Pisa-ndo callos escolares

18 de mayo de 2014 - 08:43 p. m.

Llama la atención la superficialidad con que se trata el problema educativo. Se reduce a terapias de aspavientos.

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Cada comienzo de período escolar se vuelve tema de moda. Cada que perdemos un examen internacional vuelve a ponerse de moda. Pero, por ejemplo, no importa que una de las carteras más grises del gobierno Santos haya sido la educativa. O que el mayor logro educativo del gobierno Uribe haya sido restaurar la enseñanza religiosa. O que ambos ministerios les hayan sido encargados a prestantes damas de las sociedades más conservadoras criollas: Valle (Campo) y Antioquia (Vélez).

Los analistas del tema de moda posan de habilidosos manejadores de datos, de programas, de énfasis, de coberturas, currículos y presupuestos. Por ello no pueden plantear preguntas fundamentales. Por ejemplo: ¿qué ha influido en que la escuela colombiana haya sido tan precaria desde la Colonia? ¿Qué ha influido para que el camino de los mejores cerebros colombianos sea la huida hacia el exterior? ¿Por qué las áreas donde peor calificamos académicamente corresponden a las ciencias probabilísticas? ¿Por qué la Ley 30 de 1992 resultó intocable por el gobierno Santos?

Podríamos buscar nuevas señales en el nacimiento de nuestra escuela. Casi todos los primeros intentos educacionales criollos fueron confesionales católicos. El primero fueron las doctrinas encomenderas católicas del siglo XVI. La primera universidad de la que tenemos razón habría sido la Santo Tomás, en el XVII. Sucesivas expulsiones y entradas de los jesuitas, educadores de las élites gobernantes, explican lo difícil que ha sido para nosotros resolver el dilema de si el Estado debe ser católico o someterse al “riesgo moral” de la laicidad, pelea que hemos perdido en los republicanos siglos XIX y XX, primero con Núñez y luego con Uribe.

En el siglo XIX se destacó en Colombia un experimento superior laico privado: el Externado. Y uno público: la Universidad Nacional, por sobre precarios experimentos de los estados de Cundinamarca, Boyacá, Cauca y Magdalena. La educación fue materia de guerras civiles confesionales: la magna iniciativa laicista de Santander con la escuela de Bentham degradó en la Guerra de los Supremos (1839) y el experimento radical del bajo siglo XIX, en la guerra civil educativa de 1876, peleando a muerte la Iglesia contra toda renovación laicista proveniente de los modelos de Lancaster, Bentham, Guizot, Mann o Pestalozzi. Y en el temprano siglo XX se destacaría un experimento laico en la educación media: el Gimnasio Moderno, cayendo al final en un modelo predominantemente religioso confesional católico o mixto laico-catolizado orientado hacia las élites.

Lo anterior sugiere que en lo educativo caben preguntas y respuestas diferentes a las de moda. Sugiere, de acuerdo con Escalona, que también en la escuela criolla convenga empezar “del cura pa’ bajo a requisá”. Sugiere preguntarse por qué predomina un modelo en el que jesuitas, dominicos o lasallianos monopolizan la educación de las élites e influyen en las políticas públicas sembrando una semilla confesional contraria al empleo de metodologías y generación de resultados científicos. Conviene revisar por qué en Colombia, mientras se patrocina un modelo educativo confesional fracasado, se les exigen éxitos científicos a los educandos. La misión de la escuela confesional es reproducir valores religiosos ajenos a la formación crítica, la investigación libre o la especulación laica civilista entre los estudiantes. ¿Cómo esperar éxitos científicos de la escuela cuando sus promotores los consideran un fracaso? ¿Cómo zafar las políticas educativas de la trampa confesional religiosa? ¿Cómo sustituir este modelo fracasadamente exitoso? ¿Cómo pedirle peras al olmo?

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