Por Fernando Carrillo V.
Para muchos, las motos son como moscas en la vía. Irritantes, impertinentes; exasperantes. Ciertamente, para nadie debería ser un secreto que sean los principales artífices de incrementar el índice de víctimas fatales en las calles de Colombia. Sin desconocer el enorme grado de responsabilidad que tiene el conductor de vehículo imprudente o cafre al volante (borracho por lo general), que a diario acrecienta las estadísticas de muerte por accidentes de tránsito. Las causas endógenas del disparado índice de accidentalidad fatal atribuibles a las personas, empiezan por el descuido y la impericia de los conductores, y por supuesto, la irresponsabilidad de quienes teniendo experiencia, abusan de la confianza que se tienen, manejando como si estuvieran en la Fórmula 1, o aparentando ser ases del volante, cuando en realidad se comportan como ordinarios y beodos pistoleros con un arma en sus manos. Porque ese es el grado equiparable de concentración (respaldado legalmente por la doctrina y jurisprudencia tanto del derecho penal como de la responsabilidad civil) y la naturaleza del compromiso al que se asemeja sentarse al frente del volante, ya sea de un automóvil o de una moto: el mismo que se asume cuando se tiene un arma en las manos; el individuo se arroga, por decirlo de modo coloquial, una posición de “preservador” de vidas, tanto la propia como las de su entorno; el carro o la moto se vuelven máquinas de muerte en manos irresponsables, así de simple.
Ahora bien, en cuanto a las causas exógenas de la problemática, como bien podría ser la responsabilidad estatal en cuanto a la infraestructura, mantenimiento de vías e implementación de efectivas estrategias de prevención y cultura ciudadana, me sustraigo del editorial (El Espectador, 5 de enero de 2018) en cuanto afirma que la autoridad está haciendo su trabajo; los esfuerzos de nuestros gobernantes, alcaldes, autoridad policial y demás, tanto a nivel de la capital como del resto de ciudades y pueblos del país, por reducir el nivel de accidentalidad, son nugatorios. Empezando por nuestro desdeñado Congreso, desde donde años atrás absurdamente se erradicó el chaleco reflector para motociclistas, haciéndose abusivamente extensiva la penosa concesión legislativa por parte de inciviles motoristas en algunos municipios como Buga, Valle (entre muchos otros), hasta altas horas de la noche incluso, y, sin casco además, ante los ojos impávidos e impotentes de la ausente autoridad policial.
Ahora bien, en cuanto a los concesionarios se refiere, obvio son responsables (tanto el concesionario de motos como el automotor), no solamente por el caos en el tráfico, sino por los alarmantes índices de accidentes fatales; con un puñado de “monedas” y un papeleo mínimo (ahí sí cuando el Estado debería exigir, nada exige), cualquier cristiano puede hacerse a una motocicleta; y en poblaciones como la ya citada Buga, infestada inauditamente de motos, sí que es vox populi lo extremadamente fácil que es “sacarse una moto nueva”. Inermes son los ojos del alcalde y sus lugartenientes frente a una bella población aterradoramente infestada de “moto-ratones”, como aquí vulgarmente han sido bautizados.
La pesadilla de las motos, carcomiéndose las calles del país, no cesa. Pululan los conductores irresponsables, la autoridad no crea espacios aptos para la discusión de tamaño germen, se expiden licencias a diestra y siniestra y los muertos y heridos siguen, eso sí, demarcando y haciendo muy visible con su sangre el pavimento de nuestro caóticas vías.