Las ideas del alcalde Peñalosa no tienen “potencial ambiental” y no por la forma como las ha propuesto y pretende ejecutarlas, sino porque carecen de respaldo científico.
Tampoco se trata de que “los ambientalistas más conciliadores” puedan ser sus aliados si cambia su discurso. El alcalde debe asesorarse sobre el conocimiento ambiental nacional y mundial y sobre las respuestas de la comunidad internacional para contrarrestar los efectos negativos del crecimiento. No puede actuar impulsivamente con ocurrencias sobre cómo manejar humedales, ríos, cerros, bosques, geo-ecosistemas y biogeografía. Y menos improvisar la política de desarrollo sostenible, de una ciudad de ocho millones de habitantes, instalada en un ecosistema frágil, con impactos ambientales, económicos y sociales directos e indirectos sobre buena parte del país.
El alcalde Peñalosa mostró su impulsividad en su primera administración y los tribunales se pronunciaron en su contra pues actuaron según la Constitución Nacional, las leyes, decretos, normas y tratados internacionales que incorporan lo ambiental, que hoy es tratado en los planes de estudio y posgrados de derecho. Los errores del alcalde no llevaron al “fortalecimiento de un movimiento ambiental” sino a evidenciar el conocimiento ambiental y las luchas de muchos años. No es solamente su discurso el que no le ayuda, sino su aproximación equivocada a lo ambiental, asunto demasiado importante que lamentablemente escapa a su consideración.
En cuanto a la Van der Hammen no se trata de tener una actitud conciliadora de parte del alcalde y de los ambientalistas, sino de hacer público el Plan de Manejo y desarrollo de la reserva y lo que significa para Bogotá, que requiere de ésta y otras áreas de reserva, cultura y esparcimiento para todos. Tampoco se trata de llegar a un acuerdo político con el fin de tener un “gran parque natural urbano” con “algún desarrollo urbano” (vías y edificios), sino de examinar seriamente el desarrollo insostenible de Bogotá y la Sabana, que ya es crítico como en el caso del transporte, la vivienda, la minería, el agua, el aire, los residuos, la contaminación, la salud y calidad de vida, el empleo, su precaria economía, los desplazados, la marginalidad social e indigencia, todo tratado sin propuestas serias subterráneas o elevadas. Los municipios de la Sabana, su población, administraciones y ecosistemas, no pueden soportar los efectos de un crecimiento descontrolado de Bogotá. Tampoco el país.
El alcalde mayor y el gobierno nacional deben revisar sus políticas de crecimiento y desarrollo, propiciar un acuerdo con los municipios de la Sabana y compensarlos por los impactos sociales, económicos y ambientales. La responsabilidad es grande: los intereses, modelos (vivienda), planes (POTS, POMCAS) y acuerdos políticos tradicionales están desbordados, son anacrónicos. El futuro de una sociedad en paz debe basarse en el pensamiento, el conocimiento, la participación, los acuerdos y en tener una nueva mirada del mundo, en la que la naturaleza tiene que ser incorporada, privilegiada. El destino del hombre depende de ésta.