Por José Luis Peñarredonda
En el editorial del pasado de octubre, que trataba sobre del linchamiento de un joven supuestamente por causa de una “cadena” mentirosa que circuló en WhatsApp y advertía sobre los alcances perversos de la “posverdad y las noticias falsas”, el editorialista sugirió a Facebook, dueña de WhatsApp, “establecer mejores mecanismos para rastrear el origen de las cadenas”. Creo que es una idea desacertada y peligrosa.
WhatsApp, como muchos servicios similares, ofrece un cifrado que permite que solo las personas que participan en una conversación puedan leer estos mensajes. Para conocer el origen de esas cadenas, sería necesario eliminar ese cifrado.
Entiendo el instinto y la utilidad de rastrear las “cadenas”. He trabajado en el último año analizando la desinformación en las elecciones de Colombia y Brasil, y sé bien que esta característica de privacidad les da cierta impunidad a los desinformadores. En Colombia tenemos evidencia amplia que las personas cercanas a candidatos y partidos, algunos de ellos en posiciones de poder, son grandes difusores de bulos en Facebook y Twitter; pero solo tenemos una vaga idea de quién podría estar jugando un rol similar en WhatsApp.
El problema es que el cifrado es crucial para defender la privacidad de los usuarios. Se trata, recordemos, de un derecho humano que es vulnerado constantemente por policías, gobiernos y criminales. Ante la evidencia de que esto es así, los usuarios han comenzado a exigir mejor protección a su intimidad y a sus datos — y las tecnológicas han hecho su parte. Sería lamentable que, con la excusa de “luchar contra la desinformación”, se elimine una herramienta crucial para periodistas, activistas y personas del común.
También quisiera señalar una mala práctica en la que incurre el editorial —y gran parte del cubrimiento periodístico sobre este tema—: utiliza los términos “desinformación”, “posverdad” y “noticias falsas” como sinónimos, cuando no lo son. “Desinformación” alude a la difusión y consumo de mentiras, y a su interacción con las creencias de las audiencias. Los otros dos son términos vagos que a menudo camuflan ataques a la prensa independiente y buscan imponer versiones unilaterales de los hechos. Cuando Donald Trump o Jair Bolsonaro hablan de “noticias falsas” no están diciendo que algo es mentira, sino que toda la información periodística que no les conviene lo es.
Estamos de acuerdo en otras cosas. Que todo esto haya arrancado por el supuesto robo de un niño muestra que la desinformación juega con la psicología de sus audiencias de maneras que solo hasta ahora estamos empezando a comprender.
También creo, como el editorialista, que las autoridades tienen el deber de compartir información de manera mucho más clara. Hacerlo de manera selectiva, incompleta o “estratégica” incuba la desconfianza de las audiencias, lo que les ayuda a los desinformadores a convencer a la gente de sus mentiras.
Igualmente considero acertado abogar por más y mejores programas de alfabetización en uso de medios. No porque sean el arma definitiva contra este problema, sino porque pueden ayudar a fomentar el pensamiento crítico. Esa, y no alguna veleidad tecnológica o brochazo legislativo, es la verdadera solución contra la desinformación.
jose@noalsilencio.co
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