¡No salgo de mi asombro! He leído la columna de Fernando Vallejo, de El Espectador del domingo 12 de mayo.
Y digo que estoy asombrado, no por lo que él escribe; si es cierto —¡ y vaya si lo es!— que ex abundantia cordis os loquitur, de ese señor y de su pluma no puede esperarse nada distinto de vulgaridades, cinismo, desvergüenza e irrespeto para todo lo que contraste con su mentalidad; su ingenio para agotar el léxico de lo soez y lo insolente se aviva de inmediato ante cualquier persona o cosa que encarne dignidad, limpieza, respetabilidad. Sabe Dios qué oscuros mecanismos de un torvo psiquismo actúan para justificar o paliar sentimientos e ideas inconfesables. Inspira lástima. Él desprecia la oración, pero oraré por él.
Si digo, pues, que no salgo de mi asombro, es por El Espectador. Evidentemente, quienes lo dirigen están muy lejos de ser adictos a la Iglesia católica y a su doctrina. Y, por tanto, nada tiene de raro que en sus páginas, casi a diario, encontremos comentarios que disienten de lo que predica la Iglesia, o de lo que hace. Están en su derecho, ni más faltaba. Uno puede estar o no de acuerdo con el magisterio de la Iglesia y con sus estructuras; pero, si bien es cierto que todos estamos obligados a buscar la verdad, y a abrazarla donde creamos haberla hallado, también lo es que debemos guardar, al menos, respeto y decencia frente a las personas y las instituciones. Lo que en esta oportunidad ha publicado el otrora digno periódico de don Fidel Cano es, sencillamente, indecente. No hay derecho para que una publicación que se respete y respete a sus lectores admita en sus páginas, al referirse a la persona del sumo pontífice y a la Iglesia, un lenguaje de albañal, que ofende a cualquiera que tenga un tris siquiera de higiene mental. Señores de El Espectador: ¿ no tienen ustedes un filtro, con criterios intelectuales y éticos, que ataje al menos lo más vulgar, lo más procaz e irreverente, lo que lastima profundamente el sentir y el pensar de la inmensa mayoría de los colombianos, que somos y queremos seguir siendo, por lo menos, dignos en nuestras palabras y acciones? Por favor, ¡respétense, y respétennos!
Mario García Isaza.
Bogotá.
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