Muy emocionada quedé al leer el artículo de Juan Camilo Maldonado del pasado viernes.
Yo hice parte de ese movimiento salsero en Bogotá, siendo rumbera de los famosos “matinés” bailables en discotecas como la Salsoul en el Restrepo, Rumbaland en la carrera 30 con calle 8ª Sur, Rumba 54 y La Montaña del Oso, en Chapinero.
Para unas primas y yo, en esa época, finales de los 70 y comienzos de los 80, no había emoción más grande que la llegada del domingo, porque era el día en el que íbamos a bailar con los mejores exponentes salseros de esas rumbas.
Conocimos a los personajes más increíbles y gozones de la ciudad. Ese era el ritual que repetíamos sin cansancio cada domingo y del cual salíamos sudadas, “espelucadas” y felices, para comenzar la semana. En estos lugares, a donde la pista era el lugar en el que se sabía quién era quién en materia de swing, adquirí mi estilo de bailar y aprendí aún más sobre salsa.
Tuve igualmente la oportunidad de conocer, camuflada con maquillaje de mi hermana mayor, ya que aún era una adolescente, las rumbas en La Macarena, en la famosa Casa Colombia y la Teja Corrida. Y qué no decir del Goce Pagano, frente a las Torres del Parque.
Hoy, después de tantos años y al leer ese artículo, que de casualidad cayó en mis manos, no puedo ni quiero quedarme sin el libro Salsa y cultura popular en Bogotá.
Hilda Díaz. Bogotá.
Trabajo digno y explotación
El noble objetivo de eliminar las formas de trabajo que vulneran la dignidad humana, y de manera especial la de los menores de 18 años, genera efectos negativos cuando se predica que los niños no deben trabajar. No trabajar es cultivar el ocio y la ociosidad es la madre de los vicios. La OIT instituyó el 12 de junio como Día Mundial contra el Trabajo Infantil, pero para rescatar a los niños y niñas explotados y que no tienen garantizados sus derechos a la educación y a su formación profesional no puede haber pausa en ninguna época del año.
Toda forma de explotación y esclavitud debe castigarse. Sin embargo, en las calles, ante la mirada de las autoridades, los niños piden limosna, hacen malabares riesgosos, venden frutas. Y en las fiestas populares organizadas por las secretarías de Cultura y Turismo los niños consumen el licor donado por las licoreras estatales y se aprestan a prostituirse. Las autoridades deben sustituir el discurso absoluto contra el trabajo infantil por acciones inmediatas para garantizar la vida digna de nuestros menores de 18 años.
Carlos Fradique-Méndez. Bogotá.