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Cartas de los lectores

27 de agosto de 2013 - 06:34 p. m.

A quien vive del conflicto o dentro de él le es fácil odiar, ignorar, exigir retaliaciones, disparar insensateces, vomitar muertos, apostarle su fe ciega a la guerra, de ella vive.

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Pero en desarrollo sostenible es absurdo aferrarse a lo cruel de un ayer que es el hoy, el día a día de dolor y extremismos exaltados. Ese no puede ser el mañana. Razonar con espíritu belicista es abrir más la brecha y acrecer el suicidio nacional. 

Nos diferencia con las guerras entre países o razas que acá nos matamos entre hermanos, hijos de la misma madre.

La historia de Colombia es también la de los acuerdos.

Cincuenta años matándonos obligó a reconocer al Gobierno, a los partidos y a un sector de la sociedad que “la seguridad” no funciona del todo.

Participé en la negociación (1989-90) que contribuyó al avance de la democracia: la Constitución del 91. Construida la confianza dejamos las armas, las fundimos.

Quienes en La Habana negocian conocen la historia, han vivido en carne propia el rigor de la guerra. Por eso, frente a la decisión unilateral del Gobierno de realizar, para legitimar y legalizar los acuerdos, un referendo casado con las elecciones del Congreso o la Presidencia, no se pararon de la mesa, hicieron una pausa.

La reanudación de las conversaciones muestra que ese movimiento de Santos de no apoyar su Constituyente no rompió la confianza y demuestra que es posible dar un paso más audaz: el cese al fuego. Es tiempo de ampliar el horizonte, meterle pueblo y desactivar odios.

Urge vencer los polos negativos. 

Actuar en positivo, apoyar y tejer confianza va más allá de La Habana. Urge una masiva operación pedagógica que posibilite ver al otro como opositor, no como enemigo. 

El acuerdo que se está construyendo es el de una paz que le cuesta al status quo y a todos los actores, pero menos que la guerra. 

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Necesitamos grandeza para dar el paso que permita desarmar la voluntad de quien está detrás del arma, para poder dejarlas. No es entregar, sino dejar las balas y buscar los votos. Requerimos una sociedad pluralista que con acuerdos y disensos le apueste con un gana gana a resolver los problemas históricos.

Necesitamos ya ponerle fin a la asimetría perversa: si te mato es una baja, un éxito; si me matas un asesinato y otro éxito, claro, todo circo exige una audiencia que aplauda.

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Para avanzar tenemos que dejar de matar con las palabras y en los hechos. No hace bien al proceso que, cual tragedia de Shakespeare, el presidente pida a su belicoso mindefensa la cabeza del líder de las Farc y éste le conteste diciéndole que él no le desea la muerte. 

Apostémosle a no frustrar la esperanza.

Rafael Vergara. Cartagena.

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