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Cartas de los lectores

06 de febrero de 2008 - 09:58 a. m.

La ceguera de los extremos

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La ceguera  de los  extremos

Somos muchos los colombianos que en este momento de la patria estamos  atentos y expectantes sobre cada paso en torno a la situación de los secuestrados por las Farc. Van y vienen noticias, comentarios, rumores. Guardar un poco la distancia  sirve para recobrar la perspectiva y para aportar algo más a lo ya dicho.

Se confirma fácilmente cómo la radicalización de posiciones enceguece la visión panorámica. La palabra NO aparece en un tiempo mínimo que descarta el proceso de valorar y sopesar la pregunta o la propuesta proveniente de la parte a la que cada uno se siente enfrentado. Cada cual se encierra en su propio pensamiento, en sus convicciones, en sus inamovibles, y en esa medida se hace sordo a cualquiera otra iniciativa.  Es tanta la presión social que induce a colocarse  en alguno de los dos polos del maniqueísmo que atravesamos, que rápidamente  surge el alineamiento en el lado que se vea menos distante del propio pensamiento. Momento a momento, se asfixia y se extingue la conversación, el diálogo abierto. La urgente dinámica que conduce a tomar una u otra posición, mata las iniciativas, anula los matices. O blanco o negro; o bueno o malo. No hay lugar para los sueños, no hay cabida a los espacios de ilusión; no se alcanzan a crear imágenes que señalen nuevos caminos.

Que el secuestro es inhumano, repudiable, atroz, no amerita discusión. Además de rechazarlo, todos los que tenemos el privilegio de estar libres estamos llamados a abrirnos para sentir y pensar en opciones que abran una salida política al conflicto desgarrador que padecemos. ¿Que la guerrilla es la responsable de estos métodos atroces? No lo duda nadie. Ahora, ¿es ingenuidad o indiferencia o arrogancia ofensiva esperar que los gestos de buena voluntad, que las iniciativas para marchar hacia un proceso de  solución, provengan justamente de quienes practican tan atroz sistema de presión o de poder?

No parece sensato, ni útil, ni benéfico estar en el otro bando (“los buenos”) para optar por la misma fiereza, terquedad, arrogancia y así apagar todas las luces en un nefasto NO anticipado o prematuro. Más visceral que inteligente; más impulsivo que sopesado. Hoy la lucha entre los bandos se reduce  a demostrar el mayor poder, no importa a qué precio y con qué consecuencias.

Las luchas que se nutren de la violencia, sólo generan más violencia aunque momentáneamente den la falaz impresión de triunfo y fortaleza ganadora. ¿Por qué tenemos que imitar la ceguera de los ciegos? ¿La violencia de los violentos? ¿Las palabras soeces y ofensivas que sólo aumentan el resentimiento y los deseos de venganza tras venganza?

La autocrítica se ha ido del panorama nacional. Los posibles errores, los ajustes posibles sólo se les piden a los otros, sin que se tome en serio la responsabilidad de cada uno. Estamos dejando de  promover propuestas, de buscar acercamientos, de  llamar a la cordura, a la equidad, a la búsqueda del anhelado primer escalón que lleve hacia un clima de concordia. Nada de esto se opone ni riñe con la firmeza, con el valor, con la capacidad de liderazgo. Todos tenemos  la obligación ética de proponer, de velar, de sugerir caminos que aminoren el sufrimiento de tantos y que fortalezcan la esperanza en un país mejor.

Leonor Noguera.  Bogotá.

Arango y la Armada (II)

Leemos, en la página rosa de ‘Alto Turmeque’ (El Espectador, semana del 6 al 12 de enero) que “un alto oficial ha dicho que la Armada no puede hacerle apología a un izquierdista”, al poeta Gonzalo Arango, y por eso ha ordenado “reemplazar un texto […] [del bardo] que adorna la entrada a las instalaciones de la Marina en Bocagrande”, por uno más propio de los muros militares.

La poesía de Gonzalo Arango quizá es indefendible e indigerible, como su mayor engendro, el nadaísmo, pero asombra la ingratitud de los militares, y más cuando legislan en poesía.

No sabemos qué tan “izquierdista” es el poema de Arango, pues esa mixtura de lagarto patriotero y prosa enmarañada del “texto” (“Colombia es una país rodeado de mares por todas partes (sic), menos (sic) por el corazón de sus marinos, donde la patria es amor”) no deja entrever ideologías en esa indigente poesía. Lo que sí sabemos, con pocas vacilaciones, es que los militares poetas son tan escasos como un buen poeta civil; o en todo caso, poco se manifiestan los militares poetas, como es debido, ocupados como están en aumentar los galones y las medallas, o quitar una placa. Tal vez el “alto oficial” cree que la gloria es escasa y poco vale despilfarrarla en un poeta.

Un poeta por lo demás afín a la alta oficialidad. Es mito que poco se avienen los poetas y los militares. Sin duda no fue el caso de Arango. Fue panegirista y empleadillo del general Rojas Pinilla, el Perón de Tunja. Fue subalterno y promotor de su tiranía. Desde el Diario Oficial el poeta Arango respiraba loas al general y hacía activismo en el Movimiento Amplio Nacional (MAN), sostén intelectual de la dictadura. Después de la dictadura viene la confesión parcial de Arango: “[Fui o soy un] burócrata ocasional y destituido”.

Desempleado de la dictadura, en una calle de Medellín, casi linchan al dandi de los Andes por estos entusiasmos de poeta rojaspinillista en 1957. Lo salvó un cuarto de baño. Oculto en su elegante traje de dandi se refugió en la selva para parir, dicen y no debe ser mito, la revolución de las letras colombianas, el nadaísmo y sus salpullidos literarios.

Hizo de la poesía propaganda y del poema eslogan. Y poco le valió. En vida le quitaron el consulado en Ámsterdam; y ahora muerto, la placa.

Mal pagan entonces los militares a uno de sus exaltadores. Pobre poeta, no le queda ni la misericordia de una placa con su poema “izquierdista” en un muro militar de Cartagena para su gloria promocional.

Francesco Álvarez. Medellín.

Laicismo

Cuando ocurrió la censura a la visita de Benedicto XVI a la Universidad La Sapienza de Roma, me pareció evidente que se trataba de un hecho en el que las distintas personas, sea cual fuere su fe o su ideología, se iban a solidarizar con el Papa. Es decir, es evidente que quien se llame a sí mismo liberal o tolerante —dos calificativos que difícilmente pocos rechazarían hoy— iba a considerar como inaceptable que se prive a alguien de expresar sus ideas en público en forma pacífica. Sin embargo, me ha sorprendido leer opiniones totalmente contrarias a tal suposición.

Juan Gabriel Vásquez, autor de Historia secreta de Costaguana, una lograda novela que es una metáfora de la historia de la separación de Panamá de Colombia, escribe algo semejante a partir de la frustrada visita papal al claustro académico. Vásquez escribe en El Espectador (26/1/2008) que el Papa aboga por una democracia católica y que la Iglesia le tiene miedo al laicismo.

Lo primero es tan absurdo que me lleva a pensar que quizás no ha leído la Encíclica Spe Salvi, y quizás por eso escribió mal el nombre de la misma. Pero además, seguramente no habrá leído algunos documentos del Magisterio de la Iglesia —entre ellos el Concilio Vaticano II— que sostienen precisamente lo contrario, esto es, que la Iglesia no recomienda ninguna fórmula política específica pues no es su tarea. Este punto precisamente lo recordó recientemente Benedicto XVI tanto en Deus Caritas est como en Jesús de Nazaret.

Sobre lo segundo quizás acierta el novelista. La Iglesia le teme al laicismo, al laicismo en su versión actual beligerante e impositiva, un laicismo que tiraniza al ser humano porque excluye la religión del ámbito público, porque se funda en la creencia ilustrada en el progreso humano basado exclusivamente en la razón, una razón que por lo demás está sesgada e ideologizada pues renuncia de plano a argumentos de carácter metafísico, y con ello promueve una concepción del hombre falsa y recortada. La Iglesia le teme al laicismo, mas no a la laicidad.

Pero más allá de la crítica a Ratzinger, Vásquez dirige sus dardos contra el discurso que plantea que la religión es necesaria en la vida social y que su ausencia lleva a males mayores. “Yo no recuerdo a un ateo que haya matado a otro ser humano por no serlo también”, escribe. Quizás la lectura de obras de literatura —que es su ámbito profesional— le ha llevado a desconocer libros de historia del siglo XX, en los cuales se pone de manifiesto que tanto el comunismo, el fascismo y el nacionalsocialismo —totalitarismos responsables de la muerte de millones de seres humanos— se convirtieron para sus seguidores en una suerte de religiones civiles —“religiones políticas” las llama Burleigh—. Tal fenómeno se estructura precisamente a partir de la asunción de una postura nihilista ante la realidad, de una concepción atea de la existencia, a partir de la cual, como escribió Dostoyevsky, “si Dios no existe, todo está permitido”.

La postura de este destacado columnista me deja la sensación de que mientras se trate de la Iglesia y del Papa, la discusión no se plantea con base en argumentos racionales y razonables, sino a partir de prejuicios, y con ellos no sólo se desinforma a muchos incautos, sino que se termina en un diálogo de sordos. Curiosamente, en el discurso que iba a pronunciar en La Sapienza, el Papa reivindicó la necesidad de la verdad.

Iván Garzón Vallejo.  Arequipa.

Señalización

¡Qué bueno que hayan tratado el tema de la señalización en Bogotá! (El Espectador, “Monólogo de un extraviado”, semana del 20 al 26 de enero). Idénticas y traumáticas confundidas que conllevan pérdida de tiempo, malestar, desilusión hacen que nuestra capital, que se esté poniendo tan bonita, no anime a conocerla, por temor a perderse en ese laberinto de puentes y avenidas. No vivo en Bogotá, pero sí la visito con frecuencia y siempre me pregunto cómo harán los extranjeros. Claro que todas las ciudades colombianas están en las mismas condiciones. El Ministerio de Transporte debería exigir que las secretarías de movilidad de cada municipio señalicen.

Gloria Clara Solano. Tunja.

El anticalles

Excelente la columna de José Salgar (“Lucho, el hombre anti-calles”), en diciembre, sobre los desaciertos del alcalde Garzón frente al cuidado urbanístico que ha debido dispensarse a nuestra desbaratada metrópoli. Me siento identificado con todos los planteamientos de esa columna y lo mismo ocurrirá con quienes lean esa radiografía exacta de un gran fracaso. Hoy el destrozo de las calles es una vergüenza inaudita.

Gustavo Páez Escobar. Bogotá.

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