Acabo de regresar de viaje de un país en el cual se destacan su moderna infraestructura, la seguridad, orden y limpieza en las calles de sus ciudades, la eficiencia y prontitud del transporte público, y por encima de todo la cultura y el respeto por los demás y por el bien público de que hace gala su ciudadanía.
No me encontraba en Alemania o en Suiza, ni mucho menos en Noruega o Finlandia. Me encontraba en Suramérica, específicamente en Chile. El observar y disfrutar extraordinarias autopistas dignas de cualquier país del Primer Mundo, utilizar el Metro de Santiago, limpio, eficiente y capaz de evacuar en menos de una hora una multitud de cincuenta mil personas que abarrotamos el estadio Monumental el día del partido Colombia-Brasil, el admirar los monumentos y espacios públicos libres de suciedad, grafitis, indigentes y malandrines y el poder caminar por las calles a cualquier hora del día o de la noche sin temor a ser asaltado y posiblemente muerto por robarle un celular, además de la lógica admiración, me produjo cierta desazón y rabia. Rabia hacia la dirigencia colombiana, en especial la de los últimos 50 años. Dirigencia que enfrascada en la defensa y perpetuación de sus mezquinos intereses, ha permitido que nuestro rico país, mucho más rico que Chile en recursos naturales, se haya hundido en el atraso y la violencia como catalizador de muchos otros males, el peor de los cuales a mi juicio es la falta absoluta de cultura de nuestro pueblo y de una visión clara de futuro. No podemos seguir excusando la corrupción y la desidia de nuestros dirigentes con el argumento gastado del conflicto interno. Chile cargó con el peso de la profunda crisis de 1973 que desembocó en el sangriento golpe militar de septiembre de ese año y los sucesivos años de la siniestra dictadura que aisló internacionalmente al país. Y hoy, 40 años después, Chile se levanta orgulloso como un ejemplo para sus vecinos. No todo es color de rosa y problemas no faltan. Pero su sociedad adoptó un camino irreversible de progreso y respeto, mientras la nuestra se despedaza en campos y ciudades, bajo la égida indolente de nuestra dirigencia que es tan ciega que no ve que por el camino que transitamos el colapso inevitable terminará por arrastrarla también a ella. Guillermo Perdomo. Bogotá.