Un aporte, desde la sencillez, al debate por la suspendida encuesta que ha despertado tanta polémica.
A los muchos comentarios que ha provocado la encuesta del Dane sobre sexualidad, quiero añadir algunos que ojalá, por su sencillez, aporten claridad a este tema polémico.
Celebro que Colombia se permita discusiones como esta, dado que el ejercicio mismo del debate invita a pensar argumentos en pro o en contra sobre el tema en cuestión, ganando con ello la claridad que sirve de barrera a los Sí o No incondicionales, o no pensados, o simplemente repetidos.
Uno de los capítulos de la encuesta —conocer el entorno de los menores— es una muy buena aproximación para entender necesidades satisfechas, o no, y riesgos o favorabilidad en lo que se refiere a un proceso educativo/formativo integral, que va mucho mas allá de los conocimientos que se adquieren en colegio o casa. Aquí se explora el ambiente en variadas formas, y la información que se obtiene puede ser más real y vivencial que de conceptos.
En la encuesta, la parte específica de sexualidad recoge una información valiosa sobre cómo se participa y se conoce la sexualidad propia, la de otros, o con otros. Es decir, las preguntas que se formulan cumplen su objetivo al poner en claro las rutas que acompañan a la sexualidad propia y a su intercambio con otro(a) u otros. Con certeza las preguntas allí consignadas cumplieron todos los requisitos formales en su preparación, para hacer de ellas un material claro, consistente y que sirve para medir lo que se quiere medir.
Otro asunto es si dichas preguntas sobre sexualidad inducen a los menores a conocer y practicar formas sexuales sobre las que no tenía conocimiento. Este resultado lo llamaría un efecto colateral de la encuesta que vale la pena considerar. ¿Por qué? Porque dichas preguntas no están colocadas en un marco de valores que permita apreciar la oportunidad y conveniencia de las prácticas que allí se mencionan. Téngase presente que quienes crearon dichas preguntas han sido adultos ya formados y capaces de tener criterio al respecto. Otra cosa es el público infantil al que ellas se dirigen.
Si la educación sexual escolar o familiar cumpliera su cometido, no se vería el altísimo porcentaje de abusos sexuales que se cometen contra niños y jóvenes, ni tampoco la forma ligera como muchos niños y jóvenes practican su sexualidad con las difíciles consecuencias físicas, emocionales y/o familiares que de allí se derivan. Si a las deficiencias anteriores se les suma una encuesta más descriptiva que formativa, creo que el déficit no se corrige y más bien corre el riesgo de aumentarse.
Como el objetivo último al que se espera conduzca esta encuesta es la formulación de políticas públicas que puedan proteger los derechos de niños y jóvenes, creo que se obtendrían informaciones más veraces, contundentes y sin riesgos derivados, si dicha encuesta se aplicara cuidadosamente a niños y niñas que ya han sido víctimas del abuso sexual en cualquiera de sus formas. Allí sí se podría diferenciar dónde ha estado la falla educativa/formativa, para tratar de evitar que ella se siga repitiendo. ¿A quienes ya han sufrido este atropello por la fuerza de otros, por ignorancia o por ligereza, se les podría ofrecer el apoyo mínimo necesario para entender su situación de dolor? ¿Y rabia? Y con fundamento en el análisis de su experiencia, los adultos encargados podrían proponer la corrección de los vacíos educativos o jurídicos que han llevado a este desastre.
Lo contrario, lo actual, lo veo equivalente a investigar sobre una epidemia precisamente con quienes aun no la padecen. El valor de la dolorosa experiencia de muchos niños y niñas es insustituible para poder entender nosotros los adultos y ellos también, qué es apropiado y qué no para un mejor desarrollo integral.
Leonor Noguera Sayer.
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