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05 de junio de 2011 - 08:00 p. m.

Hace sólo unos instantes pase las páginas del diario El Espectador del 31 de mayo del año que avanza y, al detenerme en la sección ‘Negocios’, no pude dejar de recordar la sentencia del maestro William Ospina entregada a través del personaje de su magnífica novela El país de la canela:

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“Algo en mi sangre me dice que lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos”. Quizás el licor de lo cotidiano, en vez de embriagarnos de duda y desconfianza, esté tan perfectamente adulterado que nos ha dejado ciegos y mareados (al igual que el niño elegido frente a la piñata) como para ver un panorama evidente; un saqueo consentido, legalizado y legitimado por un sector del Instituto Colombiano de Geología y Minería (Ingeominas) mediante el Catastro Minero: aquella herramienta empleada para otorgar más de 12 títulos mineros en zona de páramo (Santurbán, Pisba, Tota-Bijagual-Mamapacha, Chili-Barragán, entre otros) un total de 9.000 títulos expedidos en Colombia; 37 en parques naturales.

Esta rapiña pasó frente a nuestros ojos impávidos sin un reproche significativo; ahora esta penosa realidad es rechazada por el Gobierno, lo cual nos alegra como ciudadanos, pues vemos en este gesto una señal de compromiso con la búsqueda de transparencia y con la consolidación de principios éticos, tan escasos y difíciles de arraigar actualmente, en la función pública. Ya en otra oportunidad el propio presidente de la República, en varias alocuciones, denunció la ineficacia de entidades encargadas de proteger el ambiente y los recursos naturales; sin embargo, hasta ahora no hemos obtenido un cambio palpable. Tal vez pudo más la fuerza de la conveniencia partidista y la tradición burocrática que los hierros encontrados en el interior de las Corporaciones Autónomas Regionales, pese a estar en juego la protección del ambiente y el equilibrio de diversos ecosistemas vitales para nuestra propia subsistencia.

Los títulos siniestros otorgados a los avaros y desmesurados personajes de este breviario de escándalos y corruptelas reafirma el retroceso hacia el que nos dirigimos en una ilimitada carrera guiada por el lucro permanente. No es de extrañarnos el alto precio que estamos dispuestos a pagar. No nos debe extrañar que un joven en la China venda uno de sus riñones para comprar un iPad. Colombia ha permitido desgarraduras y amputaciones similares. Permitimos la enajenación de lo invaluable, la exploración y explotación de los pulmones y las arterias del país.

Diego Andrés Zambrano. Bogotá.

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