El presente comentario se origina en el excelente artículo del profesor Klaus Ziegler “Estocada a la ley de protección animal”, El Espectador, 11-09-2014.
Soy hijo de un fanático de los toros de raigambre antioqueña, Luis Morales Londoño, a quien nunca logré convencer de la injusta tortura a la que se somete a esos animales. Él, hombre de campo y sensible al cuidado de sus animales, caballos, perros, vacas, gatos, nunca permitió maltrato alguno a estos seres compañeros de sus vivencias agrícolas; en cambio, consideraba hermosa, valiente y rica en expresiones de arte, la fiesta brava. ¿Cómo se explica esta contradicción? Ni siquiera los argumentos de una tía, hermana de él, que vivió muchos años en Bogotá y a quien su esposo llevó un domingo a la Santamaría, a presenciar el espectáculo de una corrida. Ella comentaba con espanto cómo el caballo que montaba un rejoneador fue embestido por el toro y sufrió una herida mortal, cuya escena la llenó de angustia y lástima por el animal agonizante, mientras el público deliraba en aplausos.
No considero que ninguno de los señores magistrados de la Corte Constitucional sea capaz de maltratar, herir o causar dolor a una mascota de sus hijos, o a un animal cualquiera que se cruce en su camino; en cambio, de manera amañada, aceptan esta expresión atávica e intolerable aplicada a un ser vivo, capaz de sentir y sufrir, tal vez en grado mayor, que cualquier ser humano.
Yezid Morales Ramírez. Neiva.
Sergio Urrego
La violencia psicológica de la mano de la discriminación y el matoneo llevaron al joven Sergio Urrego a la muerte. Su falta o pecado: ser homosexual y pensar diferente.
A manera de reflexión, tomado de Rayuela, de Julio Cortázar: “Como si la especie velara en el individuo para no dejarlo avanzar demasiado por el camino de la tolerancia, la duda inteligente, el vaivén sentimental. En un punto dado nació el callo, la esclerosis, la definición: o negro o blanco, radical o conservador, homosexual, figurativo o abstracto, San Lorenzo o Boca Juniors, carne o verduras, los negocios o la poesía”.
Uriel Bautista Gamboa. Bogotá.
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