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De indignaciones

09 de abril de 2014 - 09:16 p. m.

Aquel que no esté de acuerdo con lo que dice Juan David Laverde en su artículo “Colombia, el país indignado por un día” (El Espectador, abril 9/14) sería alguien que busca tapar el sol con un dedo.

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Sin embargo, en este país, donde la calidad de vida no se ofrece por el Estado sino que la gente debe comprarla, porque acá todo tiene un precio, asunto que no ocurre en todo el globo, o quizás ocurra pero de manera menos aberrante, más comunitaria, acá los problemas llegan a diario, de todo tipo. La gente, la buena, va de un lado a otro, buscando el pan, y el Gobierno parece más que una ayuda una traba. Yo sé de mucha indignación; uno sale y habla con la gente, y hay memoria, es un don natural, pero los problemas son de todo tipo y llegan como si fueran olas, unos tras otros. Suceden marchas, nacen nuevas fundaciones en pro de la seguridad, de la ayuda, de que no vuelvan las pesadillas que se han vuelto reales para tantos hombres, tantas mujeres. De todas formas, si usted se pone a pensar, no se trata de la indignación por un día. Yo vivo indignado hace mucho y desde donde puedo, como dice un conocido, trato de evidenciar, de no apagar en la memoria esos sucesos. Pero a lo que voy con este mensaje es a que son las personas que hacen la política las que no lo deberían olvidar; porque pueden suceder miles de marchas, pero si la ley no hace algo al respecto, posiblemente nada cambiará. He pensado esto: Si desde los primeros ataques con ácido, que son la punta más alta de intolerancia y locura de la gente en este momento, se hubiera controlado, ya sea con mayores penas, con mayores correctivos de venta, entre otras, quizás no seríamos uno de los países con más ataques de ácido en este momento. Lo exhorto a escribir sobre ello.

Juan Pablo Chaves. Bogotá.

Contra la vida

No solo atenta contra la vida de una persona quien comete un homicidio. La desfiguración facial ocasionada por ácidos arrojados al rostro de tantas Natalias Ponce de León no debe considerarse como un simple delito de lesiones personales, ya que el fin pretendido y logrado por este tipo de delincuentes es tornar miserable y doloroso todo el ciclo vital de una persona.

Estos hechos punibles llevan implícito un grado de crueldad gigantesco. Por ello, sus autores merecen ejemplar castigo, en establecimientos carcelarios especiales, sin derecho a rebajas de penas por estudio o trabajo. En este sentido debe reformarse, con mensaje de urgencia, el código de las penas.

Víctor Hugo Ibarbo Sepúlveda.

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