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De un gesto

18 de octubre de 2020 - 10:00 p. m.

En las cosmovisiones africanas e indígenas, las comunidades aprenden que, para hacer cualquier cosa en un territorio, hay que pedir permiso a los ancestros de ese lugar, sea para cultivar, cazar o cualquier otra actividad, porque para ellos los espíritus de los ancestros están vivos y presentes.

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En Colombia, cuando el entonces presidente Juan Manuel Santos recibió el bastón de mando de los mamos koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta, el 7 de agosto de 2010, como símbolo de autoridad, estaba pidiendo permiso y honrando a los ancestros del territorio. Ese fue, sin duda, un gesto simbólico de respeto por las poblaciones originarias. Muy contrario al que tiene el actual presidente, Iván Duque, quien desconoce a la ciudadanía en general y a los pueblos indígenas en especial.

Pero estar a la altura de las circunstancias como líder exige una formación y experiencia que no se improvisan de la noche a la mañana, así sea para disimular. Duque luce grosero, torpe y lanza rayos a la minga indígena.

En México, cuando el presidente López Obrador visita a los pueblos indígenas se presenta hincándose bajo el lema “yo me hinco ante lo que el pueblo se hinca”; es decir, ante los ancestros. Eso le queda grande a Duque, quien solo se arrodilla ante su mentor y amigos banqueros.

Pero como ahora cualquier gesto en este sentido es denominado por los altos funcionarios del Gobierno como populismo, demagogia, oportunismo o “mamertismo”, según el caso, convendría hacer algunas precisiones.

En un Estado social de derecho como el nuestro, la democracia no puede ser solo electorera, como nos tienen acostumbrados en este país, donde el voto es cautivo por parte de los clanes políticos en muchas regiones, y cualquier otra expresión de participación política es vista como amenaza, como ultimátum que amenaza las instituciones democráticas. Este hecho es gravísimo, porque mira al ciudadano como un objetivo militar por eliminar, nos hace sospechosos a todos como potenciales subversivos o terroristas, como están haciendo con la minga indígena. En este sentido, solo podemos ser ciudadanos de bien si marchamos por la sombrita, por un solo anden, calladitos y ojalá después de la jornada laboral.

Una democracia participativa implica que sean tomadas en cuenta las visiones e intereses de la población que se expresan en una protesta o en los espacios institucionales para tal efecto, pero como estos últimos (plebiscito, referéndum, consulta popular, revocatoria, etc.) están consagrados en la Constitución solo para cuando sea necesario, “nunca son necesarios” a menos que así lo declaren los únicos importantes de este país (los políticos y los banqueros).

En una “democracia” así, el resto sobra y estorba. Y para nadie es ya un secreto que estamos en manos de un presidente que solo gobierna para unos pocos, que están lejos, pero lejísimos de entender que “el que manda no manda mandando, sino obedeciendo” la voz de la ciudadanía, sobre todo la de los pueblos indígenas, tan invisibilizados y maltratados que están exigiendo ser oídos en sus justas demandas, aplazadas por siglos desde la Conquista y la Colonia.

El presidente Duque debería aprender algo de Santos y tener un gesto de respeto con los pueblos originarios.

Alonso Ramírez Campo

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