Cada día aumenta la violación a los mínimos derechos humanos en las cárceles colombianas. Dignidad, alimentación, servicios médicos, agua y para rematar carencia absoluta de servicios sanitarios, entre otros muchos derechos inalienables. Como también día a día se incrementan delitos por raponazo, atracos con armas blancas o de fuego, microtráfico, ataques con ácido a las mujeres, violación, trata de blancas y, para no extender mucho la lista, los infaltables borrachos al volante.
Sumado a este lamentable panorama, la población civil perdió por completo el respeto a las autoridades y algunos miembros de la fuerza pública también han ocupado primerísimas noticias por abuso de autoridad.
Todos estos delitos y atropellos no son exclusivos de la delincuencia común, muchos de ellos son cometidos por nuestros gobernantes y padres de la patria o reconocidos personajes públicos a quienes los jóvenes quieren emular, con el agravante de que la justicia no mide con el mismo rasero a unos y otros, lo que genera cada vez más el desconcierto de los ciudadanos que deciden tomar la justicia por sus propias manos, o simplemente se sienten autorizados los unos por los otros a delinquir sin el mínimo recato, sin el mínimo temor de cometer un delito y menos aún por un carcelazo de solo horas.
Ya hemos perdido muchas generaciones, tal vez por la falta de ejemplo de nosotros los padres de familia o familiares mayores que nos acostumbramos a ver estas situaciones como un paisaje más, quizá porque los valores éticos y morales ya son asuntos refritos de los viejos de antaño que sólo causan hilaridad, o tal vez porque en nuestros centros educativos sobresale más el matoneo que la formación académica. ¿Será posible que la falta de oportunidades académicas y laborales esté llevando a nuestros jóvenes a delinquir como rebusque o empleo informal?
Es preocupante, para un país que busca mejor calidad de vida, que los ciudadanos vean todo lo contrario en el diario acontecer. Tenemos que prestarle cuidadosa atención a esta desbandada de crímenes, y no sólo el Gobierno: en todos y cada uno de nosotros está la inmensa responsabilidad de frenar este bochornoso efecto dominó. Porque hasta de cajón se convirtió la frase “Cultura ciudadana”.
Raúl Moreno Sierra. Medellín.
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