Van dos años largos de este Gobierno, y las cosas no han salido como muchos pensaron. Para unos, venía el cambio total: mejores oportunidades, más bienestar, mejores condiciones. Una especie de edén o paraíso en nuestras manos. Para otros, era la debacle total, el acabose. Muchos emigraron despavoridos, temiendo las expropiaciones, convencidos de que se iba a implantar un modelo castrista, madurista, orteguista. Cualquier cosa desafortunada que se asemejara a uno de esos regímenes.
No ha pasado ni lo uno ni lo otro. No ha llegado el cambio que todos anhelaban, la principal razón por la que votaron por Petro. Es un Gobierno que, bien vistas las cosas, se parece mucho, o en casi todo, a los gobiernos que reemplazó. Por ejemplo, amenaza y desconoce la administración de justicia cada tanto, igual que ocurrió en el Gobierno de Uribe. Los actos de corrupción son épicos, como el caso de los carrotanques de La Guajira, igual al de Centros Poblados del Gobierno anterior o al de Reficar.
Y los rostros y modales del Gobierno y la administración son similares. Improvisación en educación, en salud, en economía, en la administración de los recursos. Por eso recurren a préstamos, a la reducción del gasto, a reformas tributarias, lo mismo que pasó en los gobiernos de Santos, de Uribe y de Duque. Nada los diferencia. De pronto, es mayor la improvisación en este Gobierno, ya sea por el desconocimiento de los funcionarios sobre las tareas que deben cumplir o porque algunos asumen cierto aire castrista o madurista cuando amenazan o persiguen a determinados sectores o entidades, como al sector salud o al empresarial.
En cuanto al lenguaje, muchos esperaban que hubiera un cambio, pero en realidad es el mismo, dirigido contra otros actores. Mucha amenaza, mucho ánimo pendenciero. Gobiernan igual que como hicieron política toda la vida: declarados enemigos de los otros, intolerantes, poseedores de la verdad incontrastable, donde no caben los contradictores ni los críticos. A la manera del viejo estalinismo, no pueden gobernar conciliando distintos intereses, sino imponiendo su punto de vista a como dé lugar.
Pero en eso tampoco se diferencian mucho de los anteriores gobiernos. Las verdades, creencias y puntos de vista del Centro Democrático, con su jefe natural a la cabeza, no dan lugar a ningún otro planteamiento ni a otros puntos de vista. Hay que destruir al contradictor, que no es crítico, sino enemigo. Es la perpetua forma de hacer política en este país, donde se gradúa de vendepatrias o terroristas a quienes no comparten las ideas del Gobierno. En boca del actual presidente, los críticos y opositores son graduados de asesinos, de victimarios, de paramilitares o propiciadores del paramilitarismo. Un simple cambio de lenguaje.
El Gobierno, empeñado en la política, nunca entendió que la manera de resolver la mayor parte de los problemas del país pasa por una buena administración, por un buen gobierno, por la correcta conducción de los asuntos públicos. Algo que no hace, porque no sabe hacerlo, y porque su mirada está puesta únicamente en el quehacer político, en el discurso, en la movilización. La temida, dura y pura política de izquierda.
Fernando Brito Ruiz, Pereira
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