Protestas pacíficas, por favor
Es sencillo: cero vandalismo es equivalente a cero problemas con la fuerza pública.
Si bien se entiende que las personas estén asustadas con la militarización de la capital (mi WhatsApp está a reventar con mensajes de personas que habían considerado marchar, pero que sienten que estamos al borde del apocalipsis), no se puede olvidar que las autoridades responden al Estado de derecho. No podemos presumir la mala fe, aunque claro que no se niegan los abusos del pasado. Si confiamos en el Ejército y la Policía, estoy seguro que hoy demostrará por qué son los héroes que merece esta patria. No nos decepcionen, muchachos.
Dicho eso, no basta la prudencia de las autoridades si hay personas, encapuchadas o no, que sienten que reventar vidrios, pintar paredes o incendiar transmilenios es un acto válido de protesta. No lo es. Por favor no lo hagan. Necesitamos un país que aprenda a discutir, a protestar, sin andarse lanzando piedras y señalando unos a otros.
Eduardo Benjumea Un pequeño aditamento
Está sobradamente justificado el creciente prestigio, aceptación e importancia que ha venido adquiriendo la bicicleta.
Casi se ha convertido en el símbolo de la nueva época ecológica en que hemos entrado, tal vez un poco forzados por la impericlitable necesidad de sobrevivir.
“Sigilosas, veloces, transparentes: me parecieron solo movimientos del aire”, como las cantó Pablo Neruda.
Agilizan el cuerpo, elevan el espíritu, nos liberan durante un rato de la gravedad y pesadumbre del cuerpo; parecen acercar un poco nuestros sueños e ideales; contribuyen a mantener un ambiente más sano, nos proporcionan optimismo y autoconfianza.
Pero algo les falta.
Han entrado en franca competencia con los peatones: con la señora que regresa de la compra en la tienda, la muchacha que se encamina hacia su casa tras abandonar la estación de Transmilenio, el señor que transita concentrado por la avenida, el niño que se desprendió de la mano de la mamá… Todos tratan de no ser atropellados por los vertiginosos y audaces ciclistas que no se conforman con su propia vía, sino que invaden a menudo la del indefenso peatón.
El inerme viandante agradecería que a toda bicicleta le añadieran un sencillo aditamento: un timbre. Con ello, mejoraría un poco la seguridad de todos.
Francisco Tostón de la Calle
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