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Dos cartas sobre el plebiscito por la paz y el padre De Roux

06 de septiembre de 2021 - 10:00 p. m.

Sobre una columna

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En su columna “Legitimidad, legalidad” (23/08/2021), Lorenzo Madrigal (maestro Héctor Osuna) se refiere a “… unos acuerdos que el pueblo colombiano había rechazado enfáticamente”. De ese “pueblo”, solo votó el plebiscito por la paz un poquito más del 37 %; no veo el adverbiado énfasis que le endilga Madrigal. La mayoría popular no salió a votar por apatía, por ocupada en el diario trabajo de la mayoría informal o porque le daba lo mismo que ganara el sí o el no. Matices significativos que Lorenzo Madrigal no ha tenido en cuenta.

Después fue el referendo anticorrupción. Votaron 12 millones de colombianos, dos millones más que los que eligieron al presidente, y se perdió esa consulta. Se podría decir que los que faltaron para la “mayoría” estaban de acuerdo con lo corrupción. Estamos, entonces, ante dos falacias.

Los lectores de El Espectador sabemos que el maestro Osuna ha mantenido una falta de empatía con Juan Manuel Santos y por eso no vio nada bueno en los azarosos diálogos de La Habana. Nada le dijo, posterior al acuerdo, la desocupación del Hospital Militar por falta de soldados o policías heridos, ni el transitorio sosiego en muchas regiones de Colombia consecuencia de la desmovilización de 13.000 guerrilleros de las Farc. Particularmente en Cauca se vivió una provisoria paz que no se había visto en décadas.

Santos dejó servida una paz imperfecta, que el presidente Duque pudo mejorar, copando los territorios abandonados por las Farc; no lo hizo, y el país se devolvió a la violencia de sangre y desplazamientos que hoy se padece. Ha sido muy parco Madrigal en visibilizar esta realidad. Cuánta falta hace que la pluma de Lorenzo Madrigal alcance la grandeza del pincel del mejor caricaturista de Colombia.

Donaldo Mendoza.

Contrastes

Mucho se ha dicho, como tenía que ser, de la reunión de la Comisión de la Verdad con el señor Uribe Vélez. A mi modo de ver, por encima de lo anecdótico, como las atarvanadas del delfín (fiel producto de su formación), hay un hecho de gran relieve y es el contraste abrumador entre los actores centrales de la reunión. Resalta la actitud humilde del padre De Roux, que puso su misión por encima de una entendible reacción ante el tratamiento altivo y desobligante de su anfitrión. Una humildad real y sincera tan alejada de la histriónica (e histórica) de su contraparte, que pone de manifiesto la calidad humana y la altura moral de una persona que no necesita estridencias ni agresividad para manifestar sus opiniones.

Queda, entonces, demostrado ante la opinión nacional qué tipo de persona no puede seguir al frente de los destinos nacionales. ¿Lo lograrán entender los colombianos, tan adormecidos por las actuaciones bárbaras de sus dirigentes?

Diego Hoyos Duque. Medellín.

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