Televisor en venta y Uribe White
Mi nombre es Marta María Peláez Gaviria. Mi madre, Zoraida Gaviria Gutiérrez; mi tía, Martha María Gaviria Gutiérrez, y yo leímos la columna de Manuel Drezner “Recuerdo de Enrique Uribe White”, que nos pareció muy buena, y cuando la leían mi tía y mi madre recordaron la anécdota que él cuenta sobre el aviso “Vendo televisor, motivo Enrique Uribe White”. Ellas me contaron quién mandó a publicar dicho aviso. Fue mi abuelo materno, Jesús Gaviria Toro. No le cobraron por él, porque no pusieron quién fue el autor. Él lo escribió tal cual se ponía un aviso. Muchos creyeron que, por el humor en el aviso, era de Otto de Greiff. Pero mi abuelo, publicista de Medellín, para más señas, fue su autor. Espero que quede clara la autoría de dicha chanza y que en este cuento, si en una columna sale, aparezcan los nombres de quienes develaron quién fue.
Marta María Peláez Gaviria.
Sobre China y un editorial
Si bien en su editorial titulado “China muestra los dientes y la billetera” se hace un inicio de crítica acertada sobre los pecados de EE. UU., pareciese que esa introducción tuviera la intención de conectar emocionalmente al lector, más que criticar objetivamente dichos comportamientos. Esta aseveración que hago tiene su causa en la manera en que se termina refiriendo a China, ya que está haciendo lo mismo que cualquier país con poder ha hecho y sigue haciendo, como el caso de EE. UU. y de las principales potencias de Europa.
Si se quiere de verdad contribuir a las reflexiones hacia un mundo mejor, se debe empezar a atacar las acciones comunes pero detestables de todos los países poderosos sin distingo; de no hacerlo así, se cae en el error de ser el idiota útil de otro opresor.
Por último, creo que se debe traer a colación la reflexión del filósofo Slavoj Zizek quien afirma que existe una ilusión democrática en la que se aceptan los mecanismos democráticos como único marco para todo cambio posible, y ello impide cualquier transformación radical de las relaciones capitalistas, que en últimas son las que llevan a esas acciones detestables de opresión por parte de las potencias.
Vivimos bajo el mito de la democracia en que el pueblo es un personaje mítico, ya que se constituye en el soberano imposible, en el mandante inexistente.
Diego Alexánder Ospina Zárate. Economista especializado en gobierno y políticas públicas.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com