El COVID no hizo que la educación entrara en crisis, lo que hizo fue mostrar su eterna crisis de forma más evidente. Partimos de un sistema inspirado en lo más arcaico, casi escolástico, donde se cree que los estudiantes deben memorizar y asumir las normas de una institución sin prácticamente contradecir nada. Por ello, las voces de euforia a favor de una rectora que prohibió cualquier expresión de personalidad de los estudiantes, como si tener el cabello de alguna manera permitiera entender mejor el trinomio cuadrado perfecto, como si prohibir los noviazgos hiciera algo para impedir que los adolescentes exploren su sexualidad con el huracán hormonal que tienen por dentro.
Vivimos en una era de constantes cambios, pero desafortunadamente la educación es algo muy resistente al cambio. En gran parte, porque una de las funciones que le damos a la educación es homogeneizar y perdurar las costumbres de una población, cuando debería, ante todo, permitir al estudiante que explore, conozca y afiance sus habilidades, que son diferentes en todos nosotros, mientras convive con diversos tipos de personas a su alrededor. Se podría decir que nuestro sistema pretende algo parecido al permitir que los colegios tengan cada uno su propio proyecto educativo institucional (PEI), con objetivos y metodologías acordes a su entorno, que tenemos un sistema de evaluación que permite al estudiante aprender a su ritmo ya que en caso de perder una asignatura puede hacer recuperaciones o nivelaciones para superar los temas que no pudo aprender. Me temo mucho que eso, como tantas cosas en nuestro país, es puro cuento. Los PEI en muchos casos son inmensas discusiones teóricas sobre pedagogía con algo de sustento en informaciones estadísticas de la población objetivo, pero en la práctica encuentras poco de lo que dice ese documento.
Tienes al profesor frente a 40 estudiantes, dando una información, esperando que ellos la asimilen de la mejor manera, ya que el objetivo de los colegios no es el desarrollo de las habilidades de los estudiantes, sino ser un inmenso parqueadero de niños, un lugar algo cómodo y a veces seguro donde dejar a los niños mientras los padres trabajan. Eso fue lo que más preocupó a los padres durante la pandemia.
Las recuperaciones o nivelaciones, en vez de ser un cambio de enfoque, otra manera para que el estudiante desarrolle sus habilidades, decaen al ser las habilitaciones de antaño, otra evaluación que espera que el estudiante repita el contenido dado en clases. ¿Pero qué otra opción tiene un docente? Tiene 40 estudiantes en el salón y unos 400 a su cargo en total. Además, su remuneración no depende de que sus estudiantes mejoren su calidad académica; a lo mucho depende de que no se lesionen en clase y estén dentro de esos parqueaderos. Lo sé muy bien, soy docente, prefiero poner un 3.0 o básico a un estudiante, antes de llenarme de más trabajo con las tales nivelaciones. Si queremos que cambie el asunto se debe cambiar el objetivo mismo que le damos a la educación.
Arturo E. Aparicio G.
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