El macho dominante expresa su intención de dominar todo el harén, de expulsar a los rivales y no dejarlos entrar al territorio; es un comportamiento que no deja de asombrarnos en los animales. La maternidad de las hembras dividía el trabajo entre la caza y la casa. Hay excepciones como los pingüinos machos que cuidan el huevo mientras las proveedoras regresan de su misión.
La división acentuó la dependencia económica que encontró un nuevo nicho de dominación. Las posiciones de poder, con su expresión de supremacía, monopolizaron las decisiones; apenas ayer las mujeres no podían votar ni tener un patrimonio. No hablemos de seres con otras identidades de género escondidos en el clóset porque su conducta supuestamente es pecado. En muchas zonas del país, todes son los que se atreven a vestir y expresar su identidad a pesar de las agresiones callejeras.
Los hombres recordamos que en la calle vibraba el piropo. Jamás les preguntamos a ellas qué sintieron con esta expresión en vía de extinción. Vestir de cierta forma se ha convertido para la mujer en un peligro de agresión; el piropo callejero trocó del bolero romántico al reguetón lascivo.
El debate público de la orientación sexual y la identidad de género debe partir del respeto como límite de comportamiento social con el otro. El reconocimiento de su dignidad humana, de un ser integral con razones y emociones que se expresan en diversas dimensiones, y la sexual es una de ellas. La atracción sexual, esa fuerza espontánea, es uno de los componentes del amor, no del pecado. La expresión de la coquetería marca un canal de relacionamiento: es el impulso a la conquista del deseo que representa la otra persona y que espera ser correspondido. El límite debe ser dicha correspondencia, el consentimiento.
En ocasiones, la lectura de esas señales es distorsionada por otros elementos: por ejemplo, pese a la atracción, la persona es casada y no quiere tener una aventura, o la persona es el jefe o la alumna con quienes debería procurarse una distancia. Ese impulso que en los animales es instintivo, está reprimido por nuestras normas sociales y legales.
El juicio que se haga de un comportamiento sexual que traspasa los límites del respeto debe permitir analizar las circunstancias; el valor primordial a proteger durante ese juicio es la intimidad, porque la sexualidad en nuestra sociedad todavía es un tema sensible con impactos muy grandes para la dignidad de los afectados.
Estamos lejos como sociedad global de proclamar que tenemos educación sexual. Ese déficit tiene muchas causas, principalmente las que se debaten en el plano religioso. Las cifras de crecimiento de agresiones sexuales deberían movilizarnos en el fortalecimiento de la educación sexual en todos los ámbitos sociales y prevenir los riesgos que significa para la sociedad, la convivencia con personas cuyos instintos traspasan los límites del respeto hasta pretender la dominación del otro, una conducta completamente antisocial.
Sergio Roldán.
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