La sociedad vive asaltada por temores de toda índole; según las cifras manejadas de modo estadístico, puede decirse que tres de cinco miembros familiares han sido robados por cualquier vía y los otros dos continúan en la lista de posibles candidatos a ser acechados por el hampa.
Un escenario que sirve para percibir todas esas manifestaciones violentas, tanto de la calle como lo que corresponde a los hogares y sociedad, son nuestros niños en las aulas. A los maestros nos corresponde lidiar con ese caos emocional por el cual atraviesa la mayoría de familias colombianas, de la mano con la colectividad. Cuando impartimos formación a un grupo determinado de escolares, notamos sus angustias, donde muchas veces el único espacio que tienen para exteriorizarlas es en sus colegios. Se nota mucha despreocupación de un número considerable de padres y representantes, quienes no están identificados —o parecen no quererlo— con los peligros que rodean a su representado.
Nuestra escuela tiene que cumplir una epopeya épica, en lograr a como dé lugar dejar en los estudiantes algunas herramientas que les puedan servir, en el transcurso de su vida, para ir detectando todas esas vicisitudes en un mundo cada día más deshumanizado y despiadado. A los docentes actuales, de verdad, les corresponde maniobrar con unos educandos, quienes son presa fácil del esnobismo, ayudados por un complemento que lo favorece: el vacío espiritual, en nuestros jóvenes; esto los hace carne de cañón para ese mercantilismo cruel, que viene acabando con todo lo que se le oponga, porque lo importante para el mercado es el valor agregado de toda mercancía.
Por eso necesitamos maestros ganados a convertirse en militantes de la tolerancia y sensibilidad; a comprender los tiempos en los cuales se está ejerciendo la más noble de las profesiones, como lo es ser educador; estamos viviendo épocas en que se necesitan pedagogos por convicción; quienes no la tengan, es seguro que deberán abandonar las aulas o serán expulsados, como lo hizo Jesucristo con los mercaderes del templo; pero serán sus propios educandos quienes lo hagan.
Alejandro Moreno Muñoz. Cúcuta.
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