Me molesta hablar de los temas de actualidad. Sin embargo, ChatGPT no es un mero tema de moda. Como profesora con más de 15 años en los salones de clase, presiento que la inteligencia artificial (IA) es para la educación como Netflix lo fue para la televisión o Spotify para la música. Ambas plataformas cambiaron las respectivas industrias: la manera de entender las pantallas, de publicar los contenidos y de escoger lo que vemos y oímos.
Pasamos de la dictadura de la emisora de radio y el canal de televisión a la imposición suavizada del algoritmo. Nos devolvieron la ilusión de escoger, mientras sabemos que hay un micropoder que termina decidiendo qué aparece y qué esconden las pantallas.
Dice Yuval Noah Harari que la IA es incomparable con cualquier otra tecnología, pues el ser humano se enfrenta a una creación que toma decisiones. Así que estamos, quizás, ante el definitivo doblegamiento del dios de la Tierra a su propia fuerza creadora. Y por esto mismo es que tocar la industria educativa —no neguemos que también es industria y que lucra miles de bolsillos tanto públicos como privados— sea más angustiante que la del cine, la música, la televisión o el periodismo.
De la educación es que germinan todos los demás. Antes que comunicadores, diseñadores, creadores de contenido, ingenieros, fuimos estudiantes. La escuela es la que sigue ofreciendo a la mayoría las herramientas que nos salvan de la barbarie: los números y las letras. ChatGPT podría hacer que la única diferencia que tiene el Homo sapiens con el resto de animales, la palabra escrita, quede en manos de los bots.
Para nadie es un secreto que la neurociencia lo ha dicho con insistencia: leer y escribir reconfiguran nuestro cerebro de formas tan grandiosas que no hay nada con que los podamos comparar. Muchos pretenden hablar del cerebro como un software y un hardware, pero la verdad es que no existe en el universo conocido una realidad tan brillante como la que se produce al iluminar todas las áreas del cerebro cada que un humano une dos o más letras y las transforma en una evocación, en un sueño inalcanzado, en una reproche inevitable o en una esperanza angustiosa.
Dicen que ChatGPT no le hará nada desastroso a la educación y quizás tengan razón. Quizás se produzcan los cambios tan largamente anhelados por los miles de exestudiantes que fueron a la escuela y la odiaron, ¿pero qué le hará a nuestra posibilidad de decir que dos por dos no es solo cuatro?
Sandra Oróstegui.
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