Son dos años ya desde la posesión de Gustavo Petro Urrego como presidente de la República. Llegó al poder no con las mayorías del pueblo colombiano, sino con la mitad de la votación total de las elecciones de 2022. En algunas regiones como Nariño, cuya votación fue determinante en el triunfo, el aporte electoral se convirtió en una gran esperanza, incluidos quienes no le dimos el voto, para que las obras gubernamentales lleguen con la imponencia con que se hacen en otras zonas geográficas. Sin embargo, al cabo de dos años, el pueblo nariñense solo puede respirar frustración por la actitud gubernamental de un mandatario que se olvidó de esta región.
No era necesario que anunciara la construcción de una obra colosal. Lo más justo habría sido retomar obras importantes que se han comenzado y están paralizadas o inconclusas. Completar como Dios manda la doble calzada del puente de Rumichaca-Popayán, tan importante para el desarrollo socioeconómico de la zona fronteriza y del departamento del Cauca en primer lugar, enlace vital con el resto del país, que abriría posibilidades de mejoramiento de muchos pueblos pequeños aledaños y las autoridades podrían tener un mayor y mejor control de los territorios vulnerables. Sin embargo, para Nariño, esa doble calzada se ha convertido en una promesa solo comparable con la famosa carretera al mar, por la que varias generaciones esperamos gobierno tras gobierno, cerca de cien años, y cuando ya la tuvimos, los criminales más sanguinarios de que se tenga noticia se adueñaron de ella, contaminando a todas las comunidades indígenas. ¿Será que Petro quiere que transcurran otros cien años? Solo son reales las visitas interminables de ministros, viceministros, jefes y más jefes. Y la misma queja entre ciudadanos de bien y gente al margen de la ley: incumplimiento de las propuestas.
Otra obra significativa es la variante San Francisco (Putumayo), que facilitaría la disminución de la distancia hacia Bogotá y favorecería enormemente a Putumayo, Nariño, Caquetá y Huila. La comenzaron, la abandonaron y medio la han continuado; solo les sirve a los insurgentes y delincuentes. Como puede darse cuenta el ingrato, no era necesario que anunciara con bombos y platillo nada diferente a ese par de obras de infraestructura y, con ellas, habría escrito su nombre con letras de oro. Ahora resulta que tenemos que agradecerle eternamente a Duque los ocho kilómetros de la par vial o el puente Bermúdez sobre la vía a Chachagüí, a la que falta todavía la iluminación, como una gran obra. No demoran los atracos.
Nada tenemos que celebrar ni agradecerle a un gobierno que solo ha ofrecido escándalos de corrupción que dan asco.
Ana María Córdoba Barahona, Pasto.
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